30 de julio de 2011

Ayeres


Medianoche. Algo me lleva hacia atrás, a leerme, leerlos, leerte y confirmar cuán impensado era un desenlace en silencio, cuando lo que nos unió fue la palabra; el ida y vuelta cotidiano que tal vez te acercó antes a vos, que a mí. ´

Sí, porque hoy reparo en un sentir del que no fui consciente en aquel entonces. Y yo, la que no se había dado cuenta aún de nada, soy quien permanece en el recuerdo vivo, de ese ayer donde tocó ser felices.
Y voy con este amor a todas partes, venciendo incertidumbres; caminamos, dejamos huella, abrimos nuevas puertas. Él y yo solos, sin vos. Prisioneros de este hoy que te invoca; testigos silenciosos.
Y ahoga la suma de días, meses, horas infinitas sin nosotros, que sumergen en una especie de abismo insondable con la secuencia de escenas, de ese ayer donde pudimos ser.
Perdoná la demanda, había sido tanta la espera, y de pronto encontrarte... No pude evitar la lucha; con esa fuerza absoluta que todo lo puede y que a nada le teme, cuando se ama.
Hay noches que no empiezan, cuando el azar elige detenerse en vos. Y recrea pasados que sé eternos. A pesar del descuido, de la crueldad de tu inercia, ante un futuro que por fin llegaba.
Perdón de veras. Perdón por tanto amor que salía de la piel, que dolía encerrado en el alma, que no temió, ni se privó de ser, cuando fue turno de tenernos... No sin lágrimas; presagio impertinente de este nudo que hoy cierra la garganta; de esta desazón en la mirada. El sinsabor. Un mundo que se desafía en el umbral...
Y vamos él y yo juntos, buscando pretextos; juntos en alguna tarde de sol, nos sentamos en la mesa de un bar; escribimos, buscamos evadirte, intentamos recuperar ese antes que era antes de ayer y de ahora; hemos visto nuevas caras, oído otras voces, afrontado imprevistos que desviaron la ruta; he transitado tus pasos sin vos, él y yo, te sentimos en cada instante, en aquellos atardeceres naranjas, en tantos entornos casuales, en muchas melodías, caminando tus calles, descifrando silencios, en lugares que no podrían desprenderse de lo que fue, y resisten a creer que ya no será.

15 de julio de 2011

Así empezamos...

Creo que fue a los seis que ya sabía que quería estudiar italiano. Estaba fascinada con un tema de Iva Zanicchi, pero pasó mucho tiempo para que ese fuese un sueño cumplido. Exactamente diez años, cuando elegí que esa fuera mi segunda lengua, y para eso tuve que optar por el Bachillerato en Letras, si no el idioma en cuestión sería, o el inglés, o el portugués.
Y el tema del inglés lo veníamos eludiendo, desde aquel sorteo que en primer grado determinó, que estaría dentro del grupo de francesitas, con el slogan que consolaba, "que quien obtenía inglés como primera lengua, jamás transitaría por los exquisitos caminos de la lengua francesa, pero sí al revés". No fue así. Era tal la presión de aquellos años de escuela -años de gobierno militar-, que a duras penas llegaba a lidiar con la enorme cantidad de horas.
Recuerdo como si fuese ayer, que en casa había un libro de inglés muy antiguo de Julia, la primera esposa de mi papá, y solita antes del ingreso al benemérito instituto, me había dado por descifrarlo.
Fue tal la desilusión de aquel día del sorteo donde me quedé afuera, que me resistí a desmenuzarlo y no con demasiado éxito, hasta hace más o menos una década.
Y después estaba, la absoluta convicción, de que quería ser maestra, e ignoro por qué razón, en algún momento dudé, y los caminos se bifurcaron entre la Psicología y el Periodismo, para elegir finalmente Turismo.
Fue también a los seis que escuché en una tira de la tarde que tenía que ver con una escuela, siempre adoré estas historias, que un profesor de letras leía un poema de Borges, 1964, y como mi biblioteca tenía desde hacía días el libro gordo y verde de sus obras completas, empecé a investigar. Y me enamoré del "ya no seré feliz tal vez no importe, hay otras tantas cosas en el mundo. Ya no es mágico el mundo, te han dejado", lo repetí hasta aprenderlo de memoria; y me marée con la esfera de tres centímetros donde convergía el universo, y también me enojé un poco; pero sin embargo repetía también de memoria "Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga", perdiéndome entre esas calles, en alguna caminata de domingo. Sí, por aquellos años cumplía religiosamente con noventa cuadras diarias, y una cámara de fotos en mano.
Después llegó el libro de arena, para sentirme entonces sí, extasiada por completo ante cualquier línea que tuviese que ver con él, sí con ese anciano ciego que había sabido juntarse con mi papá para la selección de poemas que tendría lugar en una lectura del Teatro San Martín, el mismo que en el salón del hoy club de amigos, entonces Kdt, había visto por casualidad en una conferencia a la que no recuerdo cómo llegué.
Y fue hace casi dos años que, el gusto por sus letras se volvió adicción. Y ahí empezó un sinfín de caminos que me acercaron cada vez más a él, a él y sus letras, a él y sus calles, a él y su filosofía, a su laberinto, a sus espejos. Y esa pasión que no cesa se canalizaba entre tardes de letras palermitanas los días miércoles, y meses después, los sábados en aquella esquina de Moldes y Congreso, donde te irías para siempre...
Hoy sin embargo, no da dolor transitar esas calles. Afirma.
Hace pocos meses, ignorándolo por completo, exactamente un día treinta, volví a un aula. En principio fue ver "de qué se trataba", pero la autoexigencia, la necesidad de no claudicar, de provocar algún cambio contundente, de darle forma a tantos años de perderme entre páginas de tantos, hizo que me quedase. Me quedé no sin quejas, y continué no sin dudar, y hoy llegué hasta aquí, hasta esta escuela, cuando aún era de noche, con tanto miedo por transitar una zona desconocida y algo riesgosa, que no alcanzó el tiempo para caer en la cuenta de que se trataría de mi primer día de clases, que en horas pasé de ser "seño" a "profe", con un ida y vuelta increíble; como si así hubiese sido desde siempre, como si no quedasen dudas de que ese era mi único lugar, como si jamás hubiera vacilado ante aquella certeza de la niñez: "cuando sea grande voy a ser maestra".

2 de julio de 2011

Devenires

Y los días transcurrieron entre Moritz y las horas de escuela.

Y no, esos lugares, tan conocidos por mí, no me avisaron nunca que así sería.
Porque sí, ha sido un regreso a las aulas, de donde nunca debí alejame, como si no hubiese tenido claro desde siempre, el destino que sabía elegido. Futuro que hoy, se visualiza cercano.
El asunto se complicó cuando, después de más de una década de encierro estipulado, la fecha final llegó. Sí, esa que intenté adivinar tantas veces; juegos de números y señales que me permitiesen anticipar cuando, el paréntesis casi interminable, concluiría.
Se trató también de darme cuenta que, como casi todo, nada es para siempre; y que cuando nos sentimos caer ante la rutina impuesta, sin embargo, la mayoría de las veces, hay un después.
Comprobar que para los lazos que creamos no hay respuestas conclusas, ni generaciones que lo impidan. Que alguien con quien conviviríamos a diario, desaparecía de nuestras vidas, sin que siquiera hubiésemos descubierto el por qué del encuentro y sí generado un vínculo. Nueva lección de desapego. Nuevos choques con más verdades, que llegan sin sigilo, sin máscara. A modo de impermanencia.
Las letras latinas, casi imposibles, que me retrotrajeron a un año 88 ya muy lejano, donde una hoguera a modo de ritual, convirtió en cenizas aquella tortuosa etapa. Y hoy, tanto después otro volver, y volver y ver que se podía. Primer insight del trayecto.
Y se podía también recordar lo que ya sabía, que lo francés, el francés y en especial sus músicas y sus libros, están en mi esencia. Y sentirme unida al cosmos entre papeles de Gallimard, y manuscritos de tantos que fueron tan míos desde siempre. Desde que aquella casualidad venturosa, a los seis años, hizo que protagonizase tanta vida.
Y pasear por un Petrarca enamorado de otra Beatrice, recorrer el infierno de la mano de Virgilio, cánticos y laudas, apologías, tesis, crítica y verdad, y entonces encontrarme en Barthes y pelear con Deleuze, y enamorarme de La Rochelle, y concluir siempre en que a él, nadie lo alcanzó, ni nadie tampoco lo superará. Y que ha sido causa de miles de razones.
Escribir instrucciones para el olvido, intentos proustianos de llegar al ilusionismo, devenir en un sueño ya contado, y que esta vez sí genere un ida y vuelta, una razón de haber sido.
Que Sócrates, Platón, Hegel, Pieper y Nusbaum, me convencieran en horas de que sí valía la pena. Y en medio de tanta rutina veloz, e ineludible, esa ventana; verte, verte de improviso y esconderme, verte y no arrepentirme de lo vivido. Y retomar el diálogo, y que algo se movilice aún. Y los silencios inexplicables, tácitos. Recorrer con vos lugares del ayer, hoy ya desvinculados del recuerdo; no vacilar ante el perdón...
Alejarme del tránsito y circular desvíos. Convencida de ser mi mejor compañía, la única; indefectiblemente incondicional y eterna. No sé si hay tantas señales de hacia donde vamos, sí creo saber de donde venimos.

Que ya sea un año sin nosotros. Saber que existís por los otros; ironía impertinente.


8 de junio de 2011

8.6.2008

Los aniversarios despiertan temprano. Aparecen entre sueños cuando aún no es vigilia, y a modo de película eslabonada, estrepitosa e insistente, nos someten al balance innecesario de aquello que ya fuimos ; tal vez hace muchísimas horas, días, semanas, meses, años o décadas. Se trata de anuncios, de imagenes de un ayer ausente, presentes en el recuerdo vivo.
Hace muchos días, que un día como hoy amanecía en un mar. Mar de claridad y revelación que ante el entorno se volvió confuso, inexplicable. Certezas que ante el otro serían incongruentes.
Pensé que nunca, pero nunca nunca olvidaría aquel día. Un día muy largo que empezó cerca de las diez de la mañana, en un piso muy alto, cuando aún sonaba en mis oídos la conversación de la madrugada; e indefectiblemente esas dos orillas, las del río que nos separaba y las del corazón, vibraban ya acompasadas. Cuando ignorábamos que la promesa del reencuentro inminente, nos demoraría por las trampas del azar, veintiún meses.
Ese futuro que parecía no llegar jamás, hoy pasado, sí tendría su espacio, sí mantendría vivo el mañana, deuda pendiente, y sí me imantaría a vos y a tu recuerdo por siempre.
El mar estaba gris. Sus calles coreaban un triunfo también postergado, el del día después de un nuevo campeón, que ya en su bar imperio habría sabido cantarnos mucho tiempo antes él. Era domingo.
Hubo testigos. Encuentros y desencuentros. Pasajeros de secuencias sin retorno.
Fin que vislumbraba un comienzo tan retrasado como merecido; cuando muy cerca y a lo lejos cicatrizaban los acordes de aquel saxo.
Anticipos. Vibraciones grandilocuentes. Verdad. Eso fue.
"Los arboles mueren de pie".
Pero el encierro sobrevino a la trampa. La experiencia compartida de una hermandad temporaria que costó trascender. El caos. El laberinto.
"No te apures, no hay donde llegar"...
Pensé que volver a ese mar sería imposible, sin embargo, lo logré quince meses después en compañía impensada. Hoy tan distante. Inverosímil.
Curioso como el ayer puede ser tan hoy, y el hoy puede sentirse tan lejano. No cesaré jamás de preguntarme si por elección, incongruencia o irrefutable destino.
Cómo sentimos no haber sido jamás partícipes de un algo muy reciente, y puede resultarnos imposible borrar la huella anterior.

Vendrían muchos pasos, kilómetros infinitos, calles que transité por vos; buscando enterrar tu recuerdo y el dolor de tu ausencia irreparable y definitiva. Adiós tácito, implícito.
El movimiento suele allanar la encrucijada...
Hoy transito desvíos de impermanencias, compromisos demorados. Una meta de por vida.
Hubiese sido imposible anticiparlo, cuando un bolso amarillo, un abrigo montevideano me llevaban sin rumbo definido, por las calles de ese mar testigo.
Me pregunto cuándo fui más yo. Cuándo sumé más certezas. Más utopías.

23 de mayo de 2011

De trampas y destinos

Fechas y números cargados de simbología. Tenues sus sombras; innegable su poder y autonomía.
Los días veintisiete, han marcado fines. Finales sin camino prefijado, con curvas y desvíos inciertos, dispuestos al azar. Y estremece la distancia sin tiempo; el paréntesis del que todo ignoramos.
Escenarios y escenas que han dejado huella imborrable; senderos sin cauce.
Hoy no estás vos, que estuviste siempre y testigo fuiste de cada uno de mis actos, y razón de la mayoría de mis elecciones, circulares, sin espiral ...
Tampoco vos, que parecías el futuro; el día después que por fin llegaba.
Y este final imprevisto de una quietud de años. Esa mañana donde nada lo anticipó, excepto que se trataba de un veintisiete una vez más.
Que allá, donde todo es era naranja, el proyecto se postergaría. Que el presente está plagado de incógnitas y que tu tierra, Maestro, pareciera no invitarme.
Tantos lugares, gentes, situaciones, dijeron adiós, que cuesta vislumbrar hacia donde. Que la meta requiere de cuatro años, en medio de este aluvión enorme, que sobrevino a la ficción de una quietud estipulada, pactada.
Cedemos. Cedimos a anhelos, a la multiplicidad de rutas que en estos años pudiésemos haber transitado. Cedí mi sur, y un camino de a dos.
Cedemos a ser por si acaso.
El abanico se despliega, son pocas las pistas, mucha la cicatriz y escasa la utopía. Envuelve el vano, la incertitud, el dibujo de un ayer que arremete. Inmersos en un mañana que indefectiblemente será, aunque ignoremos los indicios. Si es que de verdad existen...
"A los que no cayeron en la trampa de un destino ordenado", decía Onetti, anticipando que años, muchos años más tarde, uno de dos entregaría el mañana al viento.

4 de mayo de 2011

Secuencias

Mañana de sol. Tarde gris. Domingo veintisiete. Los veintisiete pasan cosas...
Y te convertiste en sólo una voz a metros; cuando nos distanció la distancia y se lavó el recuerdo, de la que era cuando aún no. Cuando eras presencia y sueño, y los adoquines, testigos únicos del amor incipiente, herido a duelo, sin más mañana que el grito de auxilio del segundo sucesivo.
Ventanas y puertas de otras casas, de otros mundos, que no serían nuestros.
Teatros de escenas inciertas.
Te deseé infinito. Se estremeció el pecho, la garganta y eras el motivo de mi duelo.
- Un mes y un día.
- Veintún meses y veintiún días, un día veintiuno.
Te quiero sin querer, mas no quiero. Ya no quiero. Ya no creo. No sueño más mañanas, y el abismo arropa.
Se humeden los ojos, que hoy eligen llorar tu descuido. Tu molestia y destemplanza.
Una habitación del Puerto húmeda y gris. Gris de junio.
Detonaba el deseo. Erosionados. La promesa y ficción de un hasta luego.
Mil mañanas que ya no serían, y éstas manos que hoy escriben, en el ayer te tuvieron.
Sangré de dolor. Me despojé como un otoño en pleno invierno. Te quise pronto y mío.
Ni justo ni necesario, amarte.

18 de abril de 2011

Difuso

Aluvional
Incongruente
Difuso

Sazonar los días

Presente en la ausencia
-----------------------viva en mí

Distancia
Vastedad
Confín

Ayeres abigarrados

En tus imagenes busco
-----------------------la señal
el desenlace

Descubierto de postura y disfraz
lo recorro, mío

Nos fundimos inconscientes
instintivos

Ajena a tenerte

Aluvional
---------------Incongruente
-----------------------------------Difuso.

3 de abril de 2011

Aluvional


Don de la anticipación o la casualidad venturosa. Doce meses de transformación, muerte y resurrección. Ahinco en la meta y fortuna en el desvío.

Lo más preciado se tornó esquivo. Sueños alcanzados. Olvidos necesarios. Tu mano en la mía. Vos en mí.
Y estás conmigo. Porque la duración de los sentimientos no tiene que ver con una medida en el tiempo. Y seguís aquí, habitándome en cada instante y en cada paso.
Caminos imprevistos, inciertos. Nuestra imagen juntos se desdibuja, lejana, casa irreal; con la consistencia de un sueño.
Ciento ochenta días en pausa inevitable, la misma que tiempo atrás hubiese sido insostenible; cuando cada minuto causaba un nuevo laberinto y cada instante un abismo insondable. Zozobra, incertitud, espera.
Porque habían sido dos los años de espera, desde aquel abril que precipitó el caos. Tu partida. Tu determinación volcánica.
Sobreviví, sobreviviendo. Se trató de eso, de remar un bote encallado que en verdad ya no deseaba avanzar; sin camino, ni sueño posible.
Mayo traería otro adiós. Tu regreso y un fin tan necesario como infausto. Aún me cuesta creer que después de una vida, la tarde que determinaría el último día, lo ignorábamos. No sé como sobrellevaría hoy tu muerte si no hubiesen existido aquellos llamados que nos hermanaron para siempre.

Y fue la última noche del mismo mayo cuando te vi a vos por primera vez, injustos los pasos, el inmediato después, las noches separados y unidos por aquello hilos invisibles que nos volvieron esenciales, vitales.
No, no te comprendo ni comprenderé. Jamás.
Claro, lo habías dicho, era una cápsula atemporal y eso no respaldaba un futuro cotidiano, un día a día juntos y de a dos. No más horas excepcionales sino minutos simples, llenos de nosotros.
El corazón quedó atenazado con tu abrazo formal y la mentira. Con el silencio previo. El total descuido. Quién serás hoy. Te acordarás de mí, en este instante cuando te nombro, rodeado de otras voces. Cuándo pasen los años, cuándo pase la vida.
Cuándo fue que me volví prescindible, que ya no importó que todo declinase y la espera se convirtiera en letargo. De sueños. De futuros distintos.
Lo irremediable se tornó imprevisible y carente de significado.
Buscadores de causas y efectos, de una suma de por qués resueltos...
Esto fue así porque me mudé aquí y ella sugería escribir, y entonces fue el azar y un hechizo de años hecho al fin palabra...
Venías desde lejos y te quedaste para siempre. Sin razón y con este ahora muerto de pena.
El patio de los naranjos venía con destino escrito. Descifrarlo, elegir, sentir, vivirlo. Y fue lindo mientras duró. Insólito. No me reconozco en la mayoría de mis actos. Y extraño a la que empezó a ver el mundo en naranja...
Qué no decline la fe, las fuerzas, ni ese creer en el otro que hoy cuesta mucho. Porque fallaron tanto... Exageraron. Prometieron imposibles. Suma de encuentros que hoy dan cero.
Mi sur también era posible y el destino parecía devolverme a mi lugar. Y podría haber sido definitivamente ahí, en mi patagonia de las hadas, o en la Suisse de l'Amerique, pero no. Y tal vez el áncora detuvo precipicios.
Si todo pasa por algo, si no hay huella en falso, si hace un noviembre se abrió un camino que nunca cesó de bifurcarse en muchos otros y de modo aluvional generó esta nueva curva, el sendero encauzado, demorado destino, o el definitivo acierto.

25 de marzo de 2011

Heridas

Absurdo testigo ausente
Compraste una
muerte anticipada
Sabiduría ciega
Profecías inimputables
Espectador de actos
---------------------ajenos
Tu imagen irreal
----sssssese se desdibuja
------------- ------ vacía
-------------------- ligera
-------------------- casual
Mi error
-------- tu certeza.
Mi entrega
-----------tu descuido
Comunión
Distancia
Frío

20 de marzo de 2011

Noviembre 2010

Creo que llegaste en el peor momento del año. Llevábamos tres sin vernos y tanta vida en el intento...
Hubiese renunciado antes de tiempo, si en aquel momento cuando te fuiste, hubiera sabido todo lo que sin vos iba a tener que afrontar.
Me acuerdo que era octubre. Yo venía de festejar mi cumpleaños, el último aunque lo ignorase, en el que estaría brothercito. Vos habías viajado a Paría por aquella entrevista de trabajo; cuando a tu regreso me comunicaste que lo habías logrado, y que te quedaban diez días en Buenos Aires para armar tu mudanza. Costó creerlo.

Una vez más, "amigo, extranjero, compañero de deporte y partner de cine", dejaba el país. Demasiada figurita repetida. Parecía un hechizo. Suma de ausencias impensables. De esas que creemos imposibles de sobrevivir.

Sin embargo le pusiste mucha alegría brasilera. Y por una vez en la vida logré apartar el tango. Era tanto lo que ironizabas con tu partida, que alcanzabas el punto de que uno desease, que te fueras ya. No habían pasado ni seis meses, cuando una tarde de abril, me animé a contarte que él ya no estaba, que se había ido para siempre y de la peor manera. Que era él quien había decidido su ultimo ocaso.

Creo que la primera vez que lo lloré fue con vos. Tu hermano no, gritabas, y ahí lograste que me quebrara. Era mi hermano.

Tu suma del 1 + 1 = 2 y no 3, para explicar el por qué no de mi relación nociva con Gabriel. O el amor que Claudio sentiría "quizás" por mí, y que vos no podías medir. Pero los hechos sí. Esos sí podías. Los actos. Y brillaban por su ausencia.

Recuerdo que en un momento dado decretaste que ya era tiempo. Tiempo de basta, de ponerle punto final al sufrimiento. Eso incluía el regreso de Claudio a Bariloche, ya que a mí no me correspondía, ni era nada justo que en pleno duelo del dolor, me siguiese haciendo cargo de alguien, que sólo acudía a mí en sus tiempos malos.

Pero como te decía, llegaste en el peor momento, en el de la pausa. El del letargo, esa especie de plancha forzada que sobrevino después de agosto. Porque fue la segunda muerte en dos años. La segunda persona que más me importaba en este mundo, y sin embargo. Tal cual él mismo lo anticipó "sería muy feliz desde la primer noche del otoño". Aunque él ya no estuviese...

Un mundo de letras y papel. Cambios imprevistos, impensados. Vos. Por fin vos. Todo fue de verdad y sin embargo, hoy tan lejano.

Nos habíamos contado tanto, que de a ratos sobraba el tiempo. Todo gracias a los ciberespacios, porque más de mil días nos separaban de aquella esquina de Charcas y Julián Alvarez, donde nos dimos un gran abrazo y un cortito chau.

Y la plancha ahora era de a dos. Tus horas infinitas. Las mías. Nadie esperando en Francia, que volvió a ser tu país. Nada ni nadie. Regresarías a lo que habías dejado, una puerta cerrada que nuevamente abrirías solo, y con un futuro incierto.

Un porvenir que de a ratos pareciera carecer de azar, de curvas, de desvíos.

Un intervalo en el tiempo que no cesa.

Y sé de tu sensación de no estar invitado a un mundo de fiesta. A ninguna parte.

Y me quedo sin palabras, no se me ocurre que decirte. Como hacer para que tengas ganas de. De algo. Para que vuelvas a confiar. Que recuperes esa chispa que te convierte en esa personita tan distinta.

Porque, ¿te acordás que cuando seamos viejos, seguramente nos arrepentiremos de habernos quejado y sufrido por tanta nimiedad? Cuando entonces sí no haya tiempo y recordemos que todo estaba por hacerse, por darse.

Ayer cuando supe lo de Flor, pensé también en vos. En vos que esta vez por tu propia decisión decidiste apartarte. Aislarte. Cuando sin embargo, la tarde del 24 de diciembre me despedías en esa parada de autobus, como si después fueses a estar.

Pero al otro día, cuando regresé a casa, me di cuenta de que no. Una vez más ya no vendrías a tomar tu café en tu tazota borgeana, o a tirar la puerta a golpes para que te acompañe a hacer deporte a Palermo, o a preguntarme miles de veces ¿como estás?

Ya no charlaríamos en francés en el bar del lector. Ni ironizarías con mi casa de enfrente. Sí, la del café literario de la calle Las Heras.

Sin embargo me aseguraste que el 2011 sería nuestro año y ni siquiera ahora aceptás objeción. Recién comienza, contestás.

13 de marzo de 2011

De azares y desvíos

Nada indicaba el fin. Nada.
Sí hubo besos, un demorado perdón. Tal vez una manera de amor. Una almohada compartida. Un desayuno cotidiano. Sin protocolos, sin disfraz, como desde siempre.
Ella no supo ver. A pesar de que por primera vez descubría a esos testigos, que bautizó al revés. Aquellos edificios, que en la manzana de su infancia miraban de frente.
Sin saberlo habían sido vecinos desde siempre. Desde que ella iría seguramente a la escuela primaria y él anduviese ya por alguno de los múltiples destinos que abarcaron su carrera.
Hubo renuncias que más tarde se tornarían irremediables. Espacios cedidos. No supo ver. No quiso acaso. Burlas del destino.
Siempre fueron tres. Desde el primer día, cuando lo imprevisible suscitó presentes, que decidió vivir.
Paréntesis que la hizo sentir viva, capaz de generar destinos, futuros distintos. Sin culpa.
El lo ignoraba, aunque el ser humano estuviese basado en la libertad. Ignoraba, que no sin lágrimas, encontraría otros brazos que sabrían protegerla del temporal. De tanta incertitud.
Que fue él quien tal vez pudo acompañar, tocar, sanar, esos rinconcitos reservados a los amores de siempre. Los lacrados, los de toda la vida.
Fue tal vez un encuentro atemporal. Un reencuentro. Una deuda de otro tiempo. Un amor tardío.
Sortearon obstáculos. Miradas. La propia y la ajena. Una pausa de a dos con rumbos inesperados.
Un océano expectante podría haberlos unido o separado para siempre.

-¿Me epstraniaste?
-¿Sí!, y vos? Cada día te tengo más cariño, afecto y mucho más.
-Quiero saber del mucho más.
-Que te estoy queriendo demasiado y te vas a ir.
Que como te quiero también deseo que tomes la mejor decisión, que quemes todas tus naves antes de definirte por la Patagonia. Aunque, nunca te ví tan felíz como en tu Sur...

Que su sueño era la Ciudad Vieja lo supo desde el inicio, desde aquella noche que solos y rodeados de desconocidos el destino azarozamente los unió, sin reparos, sin los "no por si acaso". Entre letras manuscritas en un libro de Lugones y Guiraldes, entre hacedores, enigmas del tiempo, tigres, espejos y laberintos.
Que esa habitación no existía, que ella no la había visto, el nombre de una mujer lo delataba, dolía una mujer en todo el cuerpo.

Que se extrañan. Sí, seguramente. Que ya no es el orgullo, sí quizás el temor, el miedo al olvido.

-¿Cuándo fue que me dejaste de querer?
-Nunca. En realidad te avisé que te estaba queriendo demasiado. Intenté empezar a irme sin que te quedasen dudas de que estabas haciendo lo mejor para vos. Me sentía responsable ya de algunas decisiones. De mucho.
-Pensé que ya no estaba bueno que te vieran conmigo.
-Nada de eso.
-Nunca te agradecí que no eligieras "las comedias" y nos mostrasemos ante todos desde el primer día. Me dio miedo. Costó. Siempre tan dependiente del otro. No sé... pero nunca te lo agradecí.

Una ruta muy gris desde Tigre invitaría a aquella primer tarde compartida. A ese volver a ser de a dos.

-Aunque no lo creas, ese sillón, o el cuaderno que me quitaste de las manos cuando corregíamos los escritos, no los voy a olvidar nunca.
Detrás de cada broma, de las peleas inventadas, comenzaba a existir una necesidad de nosotros, que estaba queriendo ser, que ni yo pude ver.
-No entiendo por qué no lo vivimos...
-¿Te acordás que te perdoné? Tenía montones de discursos preparados. Palabras que en esos meses ahogaron.
-Lo sé. Estuve pésimo.
-Que las parejas no eran para siempre. Que era error de hombres y mujeres considerarlo así. Que había que admitir distracciones. El mantener seducido a la otra persona, y toda tu tesis...
Lloré mucho. La mañana te la adjudicaste. No tuve fuerzas para salir de casa. No te hubiera perdonado no estar en Proa, ese domingo por la tarde, con mi Levrero luminoso.
Sabés, a pesar de los meses que pasaron, de la distancia que evidentemente decidiste tomar, me duele. Incoherentemente compartiste conmigo mi mejor momento. Lo que toda la vida soñé. No sé por qué lo hice así. No sé por qué no lo evité...
Lo quería tanto, y desde hacía mucho tiempo.
Sí, que me encantaría tener noticias tuyas. Saber de vos. De tu última hazaña, la cortazariana. Ah, sabés una cosa, tu música no sólo se dejaba escuchar, me encantaba.
Siempre te dije que no olvido nunca, pero perdono demasiado. Y estás cerquita. Acá. En mi recuerdo y en mi presente. Porque es hoy que decidí contarte como fue nuestra historia. Esa que termina con un beso, en una mañana de sol en Palermo, cuando empezabas uno de los lunes más lindos, por todo lo que ya habíamos compartido a esa hora del día. Cuando los pájaros, esos que en primavera empiezan a cantar a las cinco, nos despertaron abrazados.

6 de marzo de 2011

Brívidos

Sí fuimos de verdad
o piadosa pausa
por horas, días, meses
La distancia anidaba en el pecho
Finitos
sin un mañana que justificase tanto ayer
..........................................................muerto de pena
de pérdidas, de olvido
Cosmos infinito
de certezas despiadadas
Eternidades sin razón
Nos perdimos en el azar venturoso
.......................................................en el desvío.

 
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