24 de septiembre de 2011

Calles

Esta calle, la que por casualidad desvío o certeza, indica mi refugio. De azares o destinos. Qué o quién, así lo quiso...
Tantas veces transitada; cercana; lejana, cuando lo insondable me llevó a pensarme tan lejos.
Y pudo haber sido Juez del Valle, al pie del Curruhinca, con la orilla de mi lago tan cerca; o aquella frente a las vías donde el sol se calla con pereza, el aire huele a lavandas y eucalipto, y un río de luna plateada me hubiese permitido descansar en tu horizonte. Cuando aún no éramos.
Y es y sigue siendo aquella, altiva, la que hoy finge ignorarlo todo, y permanece insolente ante las vicisitudes del destino. Y sin embargo fue piedad en los amaneceres juntos.
Me hablan los adoquines, las puertas y ventanas, las esquinas de testigos ausentes. Son en mí y soy en ellas. Susurran. Irrumpen en el instante efímero con las imágenes presentes de un pasado que nos hizo ser. Un ayer tan hoy, frente a presentes cuánto más lejanos.
¿Creés que Rincón sabía del fin? ¿Que Charcas disfruta en Los Adioses? ¿Qué Frey nos dejó? Jamás supe el nombre de aquella que sí quiso que fuésemos uno. La urgencia por tenernos; la que escuchó el primer te amo. La que cesó la espera.
Tal vez sean cómplices del último enamorado, y ya no recuerden nuestras voces y secretos al compás de pasos infinitos, procurando el olvido.
No sé si nos son fieles. Ignoran si nos hemos ido. Siento que olvidan.
Qué sendero será nueva ruta. Qué mañana del que todo ignoramos, nos será dado todavía...


Click aquí por "Las calles de ellos".

16 de septiembre de 2011

Leyes transitivas

La escalera la conocíamos; nos era habitual, formaba parte seguramente del día a día; pero en verdad no era esa que los dos sabemos de memoria, ni ninguna otra que hayamos visto.
De algún modo te las ingeniabas para que, detenidos detrás de la puerta, pudiésemos permanecer unos minutos en el descanso: juntos, de pie, abrazados; sin poder evitar los besos, que eran los primeros. Sin embargo, no éramos extraños.
Tampoco recuerdo como seguíamos. Cómo seguíamos después de ese cambio. Cómo afrontábamos la mirada de los otros.
Sólo sé que voy y vuelvo, como le escribí hoy a ella. Que a veces no tenés nada que ver conmigo, ni con lo que sueño encontrar en un alma par, y sí todo lo contrario.
Te siento chiquito, frágil e indefenso, detrás de un disfraz, que desde que la vida nos cruzó, te has ido quitando. Vulnerable. Ambivalente.
Ya no sé cuándo fue que fue. Que no me sorprendió que compartiesen ni el onomástico, ni un pasado común en ese país que yo también tanto amo, ni el animal que cambia cada doce años, a pesar de lo poco que confío en esa otra astrología; y una vez más ese rasgo...

Creo que te lo dije inmediatamente. Que me sorprendí y no. Que fue como si de antemano supiese, que había algo más en común entre ustedes, que que ya fuesen importantes en mi vida. Que no fuese la nostalgia sino el asombro. Que ya no doliese.
No es la primera vez que pasa. Si alguien me refiere a un otro. Algo del pasado compartido con ese otro, va a ser común a los dos. Sería justo. Ojalá que sí.

11 de septiembre de 2011

Deshoras


Había cierta indeterminación, un modo de incertitud.
De pronto, el ímpetu ineludible me llevaba a saltar entre plataformas circulares de una fuente, en medio de una gran piscina, y un paso tambaleante me sumergía en el agua, vestida. Completamente vestida.
Me lo confiabas. Vos y tu amigo lo habían hecho desde siempre; deleitarse con la bebida de los otros huéspedes del hotel, en el descuido de la noche. Me sorprendía tamaña indecencia para aquel tan creyente, tan rotundo en sus juicios unánimes. La sed era impostergable.
Sería ese nuestro primer amanecer.
Una cama enorme dejaba entre nosotros varios cuerpos de distancia. No esperabas mi regreso; acurrucada del lado derecho tomaba conciencia de la distancia insondable, de tu desafección.
Del amor ya hacía tiempo, como hace tiempo ahora.
La mañana de domingo era gris, ese gris espeso y húmedo que anuncia la lluvia inminente. Las pocas horas de sueño entorpecían las ganas.
Comercios de muchos colores abiertos en las más tempranas horas.
No vuelvas a los lugares adonde fuiste feliz. Nunca pude volver al Mercado del Puerto. Hería la distancia, el desamor.
Aquellas manos extraían sonidos de las cuerdas, y me devolvían a un tiempo lejano.
Todo era cotidiano. La cotidianeidad extraña a la que transportan los sueños. Ese pasado implícito que en verdad no teníamos, que en realidad no fue.

2 de septiembre de 2011

Misterio diáfano


Revelan, avisan, señalan incipientes su lugar en el calendario; se inmiscuyen en el presente ostentosas de su fama, imponen el comparativo innecesario. Retrotraen, sustraen; distraen del cotidiano ahora, para restituirnos a un ayer, con todo el bagaje que define, frente a un huidizo y tal vez precario presente; abismo sin dirección que aún no nos determina.
Certeros del ayer vibramos en un hoy irresoluto, sujeto a la merced. Me atrevo a decir que ayer fue y hoy será. Será cuando haya sido.
Qué fue tu aparición casual, tenaz, que aún se resuelve perenne a los avatares. Incesancia de mañanas imprevisibles...
Presagio. Sin orden ni intención, sin reflexión determinada.
Qué ventura te dispuso en mi recorrido alterado, discontinuo, interrumpido de vos. Qué restó. Qué modificamos en el desplazo.
Las fechas no son inocentes. Orden ficcional, acción o inacción que hoy converge en este presente unánime y entona la incógnita de una suma de imperfectos que te evocan.
Sos en mí, intacto, impune, querible.
Simplista y efectista creer que hayamos hecho lo que hayamos hecho el camino futuro sería éste.
Unidos; labrados; distancia que se sortea en tus palabras que me saben de memoria, frágil. Contradictoria.
Afecto, complicidad, valentía, perdón, fuerza, que no es cenizas ni destino, que es cuando te pienso y te traigo y me vierto en la imagen que conservamos, viva en nosotros, que llevo a todas partes en su rigor laudable, que recrea y revive.

22 de agosto de 2011

Onírico


Enemigos declarados, ocultos, testigos. Unánimes. Alejan la meta, bifurcan, diversifican deseos, enturbian el cauce. Ignoramos por qué. Desconocemos su esencia dual que se multiplica en el momento de la causa.
Lugares. Destinos. Vidas. Aún roza la idea de vos.
La inquietud de lo incierto. La impermanencia del caos. Si sólo fuesen elecciones. Si acaso es utópico creer en su existencia; destino autónomo.
Hábil manejo del azar que nos detiene, buscando; nos otorga, distraídos.
Resume el pasado. Constriñe el hoy inconcluso. Coarta la inercia. Interpela.
Pasajeros de un sueño sin retorno, en busca de pretextos. Caminantes. Fragmentos de vida ajena, en espejo.
Se trataba de un barco. Era viejo, alto; rompiendo el oleaje gris espeso.
Noche de luna de aura amarronada, húmeda y fría.
La otra orilla me reencontraba con sensaciones perdidas, lejanas. Ya no estabas. La incertidumbre de tu adiós implícito, tácito.
Había, sin embargo, una forma de espera; una manera de ansiedad. Mi inclinación por la verdad y el regreso eterno.
Ligeros, sin bagaje. Dueños del tiempo. Hacedores.
La frontera y los pasos que acercarían; distancia de cercanías. Tu imagen cavila. Ausente.

3 de agosto de 2011

De mapas y senderos



En mi mapa hay un río plateado de luna, muchas mañanas de montaña; hay un lago, nieve, cascadas y un sendero, y ese pequeño arroyo, que desembocaba en un embudo inmenso, de bosque y acantilado, que era el mundo entero.
Hubo un mes de febrero; un día siete; pétalos de rosa, una nota manuscrita y el llanto eterno. El amor dialogaba en las orillas; tardes donde se perdía la noción del tiempo, entre siestas y soles, y confesiones de cuaderno. Tres Puntas, mi espacio; universo infinito. Fue la calle Juez del Valle, al pie de un cerro, en tardes de otoño y noches de víspera de un nuevo comienzo; fue esa misma calle en una primavera perenne, y flotando libres, tantos veranos de río. Fue una tarde en Brown al 300, donde recuperamos años de distancia. Y varios después, en una mañana de cumpleaños, que perpetúa una "no me olvides"...
Las cero horas de un nuevo cumpleaños, en el Arrayán de los juramentos...
Fue noche de Alquimia en Curruhinca, y el mismo día entre Cerezos, después de una ruta de postal y lagos que me devolverían de regreso. A vos.
Se reunieron un sinfín de lunas, un día veintinueve, en noviembre, cuando lo imaginado fue: truenos, rayos; verdad. Y una esquina de adiós en la calle Peña.
Y fue del amor que no fue, o sí; colmado de incógnitas y laberintos que aún congojan. Fueron muchas noches de Melo y Bustamante, cerca de esa dulce esquina que años más tarde llegaría. Fue un siete, sí un siete en el mes de mayo, cuando fui consciente; que era para siempre, y que no sería nunca. Hasta aquel veinticuatro, en ese febrero último y eterno.
Y fue tu voz en un teléfono y mis silencios. Y el asfalto que todo lo supo, que hoy calla un presente y recuerda. Nada nada me aviso que en Aráoz, que alcanzaba la vista de un parque Las Heras, sería nuestro refugio, nuestro barco; nuestra isla; desde aquella posada de sol en un mar de a dos, donde el hechizo comenzó. Serían días eternos en Melipal, y en una torre alta cuando ya apremiaba el tiempo. Y Frey nos tuvo y nos dejó lejos.
Y sé que fue frente a un río, iluminado de luna, llenos de latidos de espera -desde aquel domingo en el Puerto- y de víbridos infinitos, que la magia fue verdad. Y en un Rincón y Mitre un adiós tácito que aún perdura. Sólo esa calle lo vio, lo sabe, cuando en aquella tarde de domingo gris e invierno, confrontó amor y desaliento; difuso ya que a pocos metros hubiésemos sido transportados a una cápsula sin tiempo. Todo el amor del mundo perpetuado en un espejo.
Y sí, fue también ahí, en Colón. En tu esquina. En tu lugar en el mundo.
Y aunque no estuvieses cerca desde hacía demasiado, un día en Verona cerca de la tumba de Giulietta, y en una tarde de café veneciano. En un tren de campiñas, y amarillos, colinas y verdes, y celeste azulado.
Hablan también las de los adioses. Me habla una esquina de avenidas en Almagro. Un tren a Torcuato, cerca de una casa rosa, testigo de todo aquel verano ochenta y seis, procurando olvidarte.
Una terraza de noche, de mayo, con ceniceros colmados, donde pactaríamos aquel "catorce" antes de los besos infinitos y de ese año juntos que aún nos conserva...
Una tarde en Palermo, era septiembre, descifrando planetas, llenos de sol; un ascensor al infinito, fuimos los dos uno en aquellos instantes, imantados, etéreos, ausentes del resto, vivos. Incongruente final sin fin.
Fue el patio de los naranjos, un jardín de Praga, una biblioteca, una ventana y un concierto. Y más tarde vendría: la primavera, una mañana de pájaros, las calles de mi infancia, mirando al revés de otros tiempos, y el adiós sin vestigios, sin tregua, en una esquina de sol en Palermo.
Qué ángulos, qué escenarios y atardeceres serán los testigos. Qué mañana todavía protagonizaremos.

30 de julio de 2011

Ayeres


Medianoche. Algo me lleva hacia atrás, a leerme, leerlos, leerte y confirmar cuán impensado era un desenlace en silencio, cuando lo que nos unió fue la palabra; el ida y vuelta cotidiano que tal vez te acercó antes a vos, que a mí. ´

Sí, porque hoy reparo en un sentir del que no fui consciente en aquel entonces. Y yo, la que no se había dado cuenta aún de nada, soy quien permanece en el recuerdo vivo, de ese ayer donde tocó ser felices.
Y voy con este amor a todas partes, venciendo incertidumbres; caminamos, dejamos huella, abrimos nuevas puertas. Él y yo solos, sin vos. Prisioneros de este hoy que te invoca; testigos silenciosos.
Y ahoga la suma de días, meses, horas infinitas sin nosotros, que sumergen en una especie de abismo insondable con la secuencia de escenas, de ese ayer donde pudimos ser.
Perdoná la demanda, había sido tanta la espera, y de pronto encontrarte... No pude evitar la lucha; con esa fuerza absoluta que todo lo puede y que a nada le teme, cuando se ama.
Hay noches que no empiezan, cuando el azar elige detenerse en vos. Y recrea pasados que sé eternos. A pesar del descuido, de la crueldad de tu inercia, ante un futuro que por fin llegaba.
Perdón de veras. Perdón por tanto amor que salía de la piel, que dolía encerrado en el alma, que no temió, ni se privó de ser, cuando fue turno de tenernos... No sin lágrimas; presagio impertinente de este nudo que hoy cierra la garganta; de esta desazón en la mirada. El sinsabor. Un mundo que se desafía en el umbral...
Y vamos él y yo juntos, buscando pretextos; juntos en alguna tarde de sol, nos sentamos en la mesa de un bar; escribimos, buscamos evadirte, intentamos recuperar ese antes que era antes de ayer y de ahora; hemos visto nuevas caras, oído otras voces, afrontado imprevistos que desviaron la ruta; he transitado tus pasos sin vos, él y yo, te sentimos en cada instante, en aquellos atardeceres naranjas, en tantos entornos casuales, en muchas melodías, caminando tus calles, descifrando silencios, en lugares que no podrían desprenderse de lo que fue, y resisten a creer que ya no será.

15 de julio de 2011

Así empezamos...

Creo que fue a los seis que ya sabía que quería estudiar italiano. Estaba fascinada con un tema de Iva Zanicchi, pero pasó mucho tiempo para que ese fuese un sueño cumplido. Exactamente diez años, cuando elegí que esa fuera mi segunda lengua, y para eso tuve que optar por el Bachillerato en Letras, si no el idioma en cuestión sería, o el inglés, o el portugués.
Y el tema del inglés lo veníamos eludiendo, desde aquel sorteo que en primer grado determinó, que estaría dentro del grupo de francesitas, con el slogan que consolaba, "que quien obtenía inglés como primera lengua, jamás transitaría por los exquisitos caminos de la lengua francesa, pero sí al revés". No fue así. Era tal la presión de aquellos años de escuela -años de gobierno militar-, que a duras penas llegaba a lidiar con la enorme cantidad de horas.
Recuerdo como si fuese ayer, que en casa había un libro de inglés muy antiguo de Julia, la primera esposa de mi papá, y solita antes del ingreso al benemérito instituto, me había dado por descifrarlo.
Fue tal la desilusión de aquel día del sorteo donde me quedé afuera, que me resistí a desmenuzarlo y no con demasiado éxito, hasta hace más o menos una década.
Y después estaba, la absoluta convicción, de que quería ser maestra, e ignoro por qué razón, en algún momento dudé, y los caminos se bifurcaron entre la Psicología y el Periodismo, para elegir finalmente Turismo.
Fue también a los seis que escuché en una tira de la tarde que tenía que ver con una escuela, siempre adoré estas historias, que un profesor de letras leía un poema de Borges, 1964, y como mi biblioteca tenía desde hacía días el libro gordo y verde de sus obras completas, empecé a investigar. Y me enamoré del "ya no seré feliz tal vez no importe, hay otras tantas cosas en el mundo. Ya no es mágico el mundo, te han dejado", lo repetí hasta aprenderlo de memoria; y me marée con la esfera de tres centímetros donde convergía el universo, y también me enojé un poco; pero sin embargo repetía también de memoria "Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga", perdiéndome entre esas calles, en alguna caminata de domingo. Sí, por aquellos años cumplía religiosamente con noventa cuadras diarias, y una cámara de fotos en mano.
Después llegó el libro de arena, para sentirme entonces sí, extasiada por completo ante cualquier línea que tuviese que ver con él, sí con ese anciano ciego que había sabido juntarse con mi papá para la selección de poemas que tendría lugar en una lectura del Teatro San Martín, el mismo que en el salón del hoy club de amigos, entonces Kdt, había visto por casualidad en una conferencia a la que no recuerdo cómo llegué.
Y fue hace casi dos años que, el gusto por sus letras se volvió adicción. Y ahí empezó un sinfín de caminos que me acercaron cada vez más a él, a él y sus letras, a él y sus calles, a él y su filosofía, a su laberinto, a sus espejos. Y esa pasión que no cesa se canalizaba entre tardes de letras palermitanas los días miércoles, y meses después, los sábados en aquella esquina de Moldes y Congreso, donde te irías para siempre...
Hoy sin embargo, no da dolor transitar esas calles. Afirma.
Hace pocos meses, ignorándolo por completo, exactamente un día treinta, volví a un aula. En principio fue ver "de qué se trataba", pero la autoexigencia, la necesidad de no claudicar, de provocar algún cambio contundente, de darle forma a tantos años de perderme entre páginas de tantos, hizo que me quedase. Me quedé no sin quejas, y continué no sin dudar, y hoy llegué hasta aquí, hasta esta escuela, cuando aún era de noche, con tanto miedo por transitar una zona desconocida y algo riesgosa, que no alcanzó el tiempo para caer en la cuenta de que se trataría de mi primer día de clases, que en horas pasé de ser "seño" a "profe", con un ida y vuelta increíble; como si así hubiese sido desde siempre, como si no quedasen dudas de que ese era mi único lugar, como si jamás hubiera vacilado ante aquella certeza de la niñez: "cuando sea grande voy a ser maestra".

2 de julio de 2011

Devenires

Y los días transcurrieron entre Moritz y las horas de escuela.

Y no, esos lugares, tan conocidos por mí, no me avisaron nunca que así sería.
Porque sí, ha sido un regreso a las aulas, de donde nunca debí alejame, como si no hubiese tenido claro desde siempre, el destino que sabía elegido. Futuro que hoy, se visualiza cercano.
El asunto se complicó cuando, después de más de una década de encierro estipulado, la fecha final llegó. Sí, esa que intenté adivinar tantas veces; juegos de números y señales que me permitiesen anticipar cuando, el paréntesis casi interminable, concluiría.
Se trató también de darme cuenta que, como casi todo, nada es para siempre; y que cuando nos sentimos caer ante la rutina impuesta, sin embargo, la mayoría de las veces, hay un después.
Comprobar que para los lazos que creamos no hay respuestas conclusas, ni generaciones que lo impidan. Que alguien con quien conviviríamos a diario, desaparecía de nuestras vidas, sin que siquiera hubiésemos descubierto el por qué del encuentro y sí generado un vínculo. Nueva lección de desapego. Nuevos choques con más verdades, que llegan sin sigilo, sin máscara. A modo de impermanencia.
Las letras latinas, casi imposibles, que me retrotrajeron a un año 88 ya muy lejano, donde una hoguera a modo de ritual, convirtió en cenizas aquella tortuosa etapa. Y hoy, tanto después otro volver, y volver y ver que se podía. Primer insight del trayecto.
Y se podía también recordar lo que ya sabía, que lo francés, el francés y en especial sus músicas y sus libros, están en mi esencia. Y sentirme unida al cosmos entre papeles de Gallimard, y manuscritos de tantos que fueron tan míos desde siempre. Desde que aquella casualidad venturosa, a los seis años, hizo que protagonizase tanta vida.
Y pasear por un Petrarca enamorado de otra Beatrice, recorrer el infierno de la mano de Virgilio, cánticos y laudas, apologías, tesis, crítica y verdad, y entonces encontrarme en Barthes y pelear con Deleuze, y enamorarme de La Rochelle, y concluir siempre en que a él, nadie lo alcanzó, ni nadie tampoco lo superará. Y que ha sido causa de miles de razones.
Escribir instrucciones para el olvido, intentos proustianos de llegar al ilusionismo, devenir en un sueño ya contado, y que esta vez sí genere un ida y vuelta, una razón de haber sido.
Que Sócrates, Platón, Hegel, Pieper y Nusbaum, me convencieran en horas de que sí valía la pena. Y en medio de tanta rutina veloz, e ineludible, esa ventana; verte, verte de improviso y esconderme, verte y no arrepentirme de lo vivido. Y retomar el diálogo, y que algo se movilice aún. Y los silencios inexplicables, tácitos. Recorrer con vos lugares del ayer, hoy ya desvinculados del recuerdo; no vacilar ante el perdón...
Alejarme del tránsito y circular desvíos. Convencida de ser mi mejor compañía, la única; indefectiblemente incondicional y eterna. No sé si hay tantas señales de hacia donde vamos, sí creo saber de donde venimos.

Que ya sea un año sin nosotros. Saber que existís por los otros; ironía impertinente.


8 de junio de 2011

8.6.2008

Los aniversarios despiertan temprano. Aparecen entre sueños cuando aún no es vigilia, y a modo de película eslabonada, estrepitosa e insistente, nos someten al balance innecesario de aquello que ya fuimos ; tal vez hace muchísimas horas, días, semanas, meses, años o décadas. Se trata de anuncios, de imagenes de un ayer ausente, presentes en el recuerdo vivo.
Hace muchos días, que un día como hoy amanecía en un mar. Mar de claridad y revelación que ante el entorno se volvió confuso, inexplicable. Certezas que ante el otro serían incongruentes.
Pensé que nunca, pero nunca nunca olvidaría aquel día. Un día muy largo que empezó cerca de las diez de la mañana, en un piso muy alto, cuando aún sonaba en mis oídos la conversación de la madrugada; e indefectiblemente esas dos orillas, las del río que nos separaba y las del corazón, vibraban ya acompasadas. Cuando ignorábamos que la promesa del reencuentro inminente, nos demoraría por las trampas del azar, veintiún meses.
Ese futuro que parecía no llegar jamás, hoy pasado, sí tendría su espacio, sí mantendría vivo el mañana, deuda pendiente, y sí me imantaría a vos y a tu recuerdo por siempre.
El mar estaba gris. Sus calles coreaban un triunfo también postergado, el del día después de un nuevo campeón, que ya en su bar imperio habría sabido cantarnos mucho tiempo antes él. Era domingo.
Hubo testigos. Encuentros y desencuentros. Pasajeros de secuencias sin retorno.
Fin que vislumbraba un comienzo tan retrasado como merecido; cuando muy cerca y a lo lejos cicatrizaban los acordes de aquel saxo.
Anticipos. Vibraciones grandilocuentes. Verdad. Eso fue.
"Los arboles mueren de pie".
Pero el encierro sobrevino a la trampa. La experiencia compartida de una hermandad temporaria que costó trascender. El caos. El laberinto.
"No te apures, no hay donde llegar"...
Pensé que volver a ese mar sería imposible, sin embargo, lo logré quince meses después en compañía impensada. Hoy tan distante. Inverosímil.
Curioso como el ayer puede ser tan hoy, y el hoy puede sentirse tan lejano. No cesaré jamás de preguntarme si por elección, incongruencia o irrefutable destino.
Cómo sentimos no haber sido jamás partícipes de un algo muy reciente, y puede resultarnos imposible borrar la huella anterior.

Vendrían muchos pasos, kilómetros infinitos, calles que transité por vos; buscando enterrar tu recuerdo y el dolor de tu ausencia irreparable y definitiva. Adiós tácito, implícito.
El movimiento suele allanar la encrucijada...
Hoy transito desvíos de impermanencias, compromisos demorados. Una meta de por vida.
Hubiese sido imposible anticiparlo, cuando un bolso amarillo, un abrigo montevideano me llevaban sin rumbo definido, por las calles de ese mar testigo.
Me pregunto cuándo fui más yo. Cuándo sumé más certezas. Más utopías.

23 de mayo de 2011

De trampas y destinos

Fechas y números cargados de simbología. Tenues sus sombras; innegable su poder y autonomía.
Los días veintisiete, han marcado fines. Finales sin camino prefijado, con curvas y desvíos inciertos, dispuestos al azar. Y estremece la distancia sin tiempo; el paréntesis del que todo ignoramos.
Escenarios y escenas que han dejado huella imborrable; senderos sin cauce.
Hoy no estás vos, que estuviste siempre y testigo fuiste de cada uno de mis actos, y razón de la mayoría de mis elecciones, circulares, sin espiral ...
Tampoco vos, que parecías el futuro; el día después que por fin llegaba.
Y este final imprevisto de una quietud de años. Esa mañana donde nada lo anticipó, excepto que se trataba de un veintisiete una vez más.
Que allá, donde todo es era naranja, el proyecto se postergaría. Que el presente está plagado de incógnitas y que tu tierra, Maestro, pareciera no invitarme.
Tantos lugares, gentes, situaciones, dijeron adiós, que cuesta vislumbrar hacia donde. Que la meta requiere de cuatro años, en medio de este aluvión enorme, que sobrevino a la ficción de una quietud estipulada, pactada.
Cedemos. Cedimos a anhelos, a la multiplicidad de rutas que en estos años pudiésemos haber transitado. Cedí mi sur, y un camino de a dos.
Cedemos a ser por si acaso.
El abanico se despliega, son pocas las pistas, mucha la cicatriz y escasa la utopía. Envuelve el vano, la incertitud, el dibujo de un ayer que arremete. Inmersos en un mañana que indefectiblemente será, aunque ignoremos los indicios. Si es que de verdad existen...
"A los que no cayeron en la trampa de un destino ordenado", decía Onetti, anticipando que años, muchos años más tarde, uno de dos entregaría el mañana al viento.

4 de mayo de 2011

Secuencias

Mañana de sol. Tarde gris. Domingo veintisiete. Los veintisiete pasan cosas...
Y te convertiste en sólo una voz a metros; cuando nos distanció la distancia y se lavó el recuerdo, de la que era cuando aún no. Cuando eras presencia y sueño, y los adoquines, testigos únicos del amor incipiente, herido a duelo, sin más mañana que el grito de auxilio del segundo sucesivo.
Ventanas y puertas de otras casas, de otros mundos, que no serían nuestros.
Teatros de escenas inciertas.
Te deseé infinito. Se estremeció el pecho, la garganta y eras el motivo de mi duelo.
- Un mes y un día.
- Veintún meses y veintiún días, un día veintiuno.
Te quiero sin querer, mas no quiero. Ya no quiero. Ya no creo. No sueño más mañanas, y el abismo arropa.
Se humeden los ojos, que hoy eligen llorar tu descuido. Tu molestia y destemplanza.
Una habitación del Puerto húmeda y gris. Gris de junio.
Detonaba el deseo. Erosionados. La promesa y ficción de un hasta luego.
Mil mañanas que ya no serían, y éstas manos que hoy escriben, en el ayer te tuvieron.
Sangré de dolor. Me despojé como un otoño en pleno invierno. Te quise pronto y mío.
Ni justo ni necesario, amarte.

 
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