Era sábado, enero, 30 de enero. Apenas pasadas las seis de la tarde. Encuentro literario. Los reuniría Kafka o Borges, 1964 y una
Fundación mítica de Buenos Aires. Pero los unió Luján, un palacete abandonado y un ejercicio medio improvisado. Ella eligió redactar aquel encuentro en el país vecino. Hablar de Alvaro y de sus amigos montevideanos. Había alquilado “Las vidas privadas”, del mismo director de “Los años felices” y “La mejor juventud”, cree recordar. Porque hoy, a pesar de las setenta y dos horas que ya pasaron, no entiende, no acepta, o acepta pero no quiere ni entender ni aceptar. Ojalá pudiera creer. Él ya no está, ya partió. No se fue en Moldes y Congreso.
“Una oscura maravilla nos acecha, la muerte, ese otro mar, esa otra flecha, que nos libra del sol de la luna y del amor”. Tampoco en "La mirage", pero lo supo ahí. Fue en un kilómetro 3, a muchos de Buenos Aires. Cuando ella, ignorándolo, le escribía diciéndole “Americanito, te extraño”. Últimamente él no siempre le contestaba, le faltaban las fuerzas. No poderla ayudar lo ahogaba aún más. Le escaseaba la fortaleza pero no la fé. A ella sí. Hacía rato que había dejado de creer...
Él era todo idealismo. Él cruzaba el Nahuel en un elástico de cama a modo de balsa. Subía el cerro Lopez con un Merceditos año 79 destartalado para mirar la luna y escuchar Serú Girán. Compraba escopetas de fogueo a los indios para que defendiesen sus tierras de los americanos. Construía casitas como si se tratase del juego de los mil ladrillos. Todo lo regalaba. Los recuerdos lo maniataban. No soportaba la ciudad, era como "mirar el cielo por cuadraditos..."
Pasó hambre, frío, sed, pero nunca dudó de su misión, de lo que a este “plano” había venido a hacer: salvar vidas, ayudar a sus hermanos, como llamaba a su pacientes. Carga llevaba mucha, y se logró liberar de muy poca. Los últimos quince años lo habían mantenido en una ininterrumpida guardia pasiva. Él escuchaba a todos, pero sólo ella lo escuchaba a él. Su extrema sensibilidad no pudo tolerar el comercio médico de la gran ciudad. Ver abrir cabezas, columnas, corazones, sin razón, por el solo hecho de lucrar. Lo suyo tal vez era la pintura, su piano, su violín. Más allá de que en realidad hubiese querido ser capitán de barco y de que a su papá le hubiese prometido ser doctor, igual que él y que Guillermo, su hermano mayor. Todos los niños del mundo eran sus hijos.
Suena Penélope... Siempre te sentiste tan Penélope, tan San Blas...
No lograron volverse a ver. Ese mensajito mediante el cual le quiso hacer saber cuánto lo extrañaba y lo decidida que estaba a ayudarlo, a dejarse ayudar, ya no lo respondió. Habían comenzado a desmoronarse por separado desde aquel mes de mayo en que todo complotó para el caos. Pero él no supo decidir, no se animó a elegir. Su hijito de nueve años estaba por sobretodo lo demás, y Viviana, que hoy pide... “no lo defraudes, todo dependerá del tiempo y la decisión de salir adelante, él estaba muy preocupado por vos, quería volverte a ver, y bien..."
- Claro, vos tenés por quien luchar, tenés un hijo de él. Sin embargo los veinte meses que pasaron, dos sesiones de diván semanales, más todos los chamanes, no han logrado siquiera hacerme vislumbrar la salida del pozo donde me dejó hundida nuestra separación y la partida de mi hermano.
- De verdad me gustaría ayudarte, pero no sé cómo. Esto se atraviesa sólo con serenidad. Es inevitable el dolor. Entendé que no tenés la culpa de nada. Esto es, fue y será un tema de su ser esencial. Él hizo lo que pudo, dedicó y entregó su vida al servicio, y se olvidó de él. ¿Si alcanzó a ver esto?. Yo creo que sí. Y tal todo haya tenido sentido. Pensá en la inmensidad del ser con el que estuviste.
- Estuvimos.
“Fuerza” es el último mensaje que recibió de él, y el único que conserva.
Armaste sueños que te sobrevivieron. ¿Cuándo te ibas lo intuiste, cuándo no llegaste a ver mis manos, cuándo tres días de distancia nos jugaron una tan mala pasada? La vida por una causa, un corazón que se oprimía y asfixiaba y no soportaba más distancias.
Yo ya sabía que tu allá no era mi acá.
Jugaste al azar, y salió tan mal. Olvidaste que el tiempo era finito y que sí existía.
No sé si más allá de las nubes, la nada te espero con un todo. Si esto lo estás viendo, si el celeste de este mar que tus ojos hace tanto miraron, lo ves desde más arriba, o si allá es todo mar.
Hubiese querido irme con vos, no sobrevivirte, desde aquel mayo en que quizás comenzamos a desmoronarnos, lejos, juntos, por separado.
Ayer te ví entre las aljabas. Después caminé sola hasta develar "un secreto", uno que había entre las brasa y el mar: la imaginación lo es todo, es una visión anticipada de las atracciones de la vida que vendrá...
Al Dr. Claudio Osías Bautista Wasserman
13-06-1959 / 27-01-2010