Su timbre me anticipó siempre, quién habría del otro lado. Para ese entonces eran voces, hoy muchas veces son palabras escritas, mensajes que perpetúan, que aferran, dicen de nosotros y también detienen.
Era noviembre. Veintitrés. 1999. La mañana de sol me tenía en casa en la previa a aquel coloquio de la universidad perugina. El lunes marcaría el fin de una etapa. Del esfuerzo progresivo y constante. La previa siempre fue lo más difícil de sobrellevar. Hoy ya aprendimos, o estamos en eso...
Por fin también, llegaba a la meta; sin abandonarme en los desvíos.
- Rossina. Soy María. La esposa de tu tío Antonio.
- María! Tanto tiempo ¿Cómo estás? Qué alegría enorme.
Doce años nos separaban. Recordaba perfectamente que el último encuentro cara a cara había sido en el velatorio de papá. Sí. Porque al entierro no llegamos. Fue tanto el incordio, que no llegamos.
Se vislumbraba algo que más tarde se volvería, destino causal. Los muertos entierran a sus muertos, supieron decirme desde muy lejos. Cuando no hallaba consuelo en haberlo sabido dos días más tarde. Sí, de vos y más tarde de vos también. Preferible pensarlo como karma.
- Me emociona que me recibas así. Ignoraba cuál podía ser tu reacción después de tanto tiempo.
- María! Cuál iba a ser... Tengo el mejor recuerdo de ustedes. Jamás entendí el por qué de la distancia. ¿Cómo están mis primas?
- Te llamamos porque hoy a la noche en una cantina de la Boca, Antonio festeja sus ochenta años. Tus primas le tienen preparada una sorpresa. Le han editado tantos años de escritura silenciosa. Querríamos que estés ahí.
- María. Una pregunta... El jueves en una reunión de amigos de amigos, conocí una chica de Luján que me dijo que yo tenía un hermano. Otro. Que se llama Jorge. Como Jota. Como el de toda la vida... Que es hermoso. Que me lleva cinco años...
- Ese es un tema que deberías hablar con Antonio.
La voz de Antonio y la respuesta de María confirmaron aquel dato.
- Él también quiere conocerte. Un poco mi llamado era para contarte eso. Venite esta noche, él va a estar.
Le supliqué te dijera, que me llamaras esa misma tarde. Al cumpleaños no iría. No sólo porque ibas a estar ahí y prefería conocerte de otra manera, sino porque el coloquio lo ameritaba. Había sido mucho el esfuerzo por no claudicar, y emociones semejantes: verlos a ellos después de doce años, conocer a mi segundo hermano casi transcurridas tres décadas, habiéndome enterado ese día de su existencia; me pareció mucho.
No obstante haber permanecido en casa, no cesé de llamar. Uno a uno. Quería contarlo a todos. Fui muy feliz.
A la noche sonó el teléfono, y supe que serías vos. Una voz afónica, un poco por la tarde en la Bombonera, por la emoción del festejo, por la incertidumbre quizás. El no saber con quién, con qué te encontrarías del otro lado.
Fueron tres horas. Y así los siete días siguientes. Hasta que fijamos el encuentro. Hasta que comprobamos lo que ya sabíamos. No sólo seríamos hermanos. Éramos dos mitades. Almas pares. Nos elegíamos.
Los ocho años que duró nuestro encuentro fue eso; comunión. Complicidad. Intuir todas y cada una de tus respuestas. Todo encuentro fue un brindis. Mi mejor compañía. Estarás para siempre entre lo mejor de lo vivido.
Otra voz en un teléfono, anticipó la decisión irreversible; terminante. Tu último llamado había sido un par de meses antes...
- Voy a estar amotinado, hermanita. Creo que me vengo equivocando mucho con mucha gente. Lo necesito para volver a ver con claridad. Te prometo que el 08 se viene de disfrute sí o sí.
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