5 de noviembre de 2014

Una noche montevideana


Era el año 2010. Mundial 2010. Decidí trasladarme un mes a Montevideo con el fin de testear el paisito: ver casas, posibles trabajos, concretar las citas.
Desde marzo había sido una revolución, en lo afectivo y en lo laboral.
La primera noche decido inaugurarla en el Bacacay. Copa de vino blanco y sandwich tropical rebosado en provolone; un clásico. Fiorella me acompaña.
De pronto lo veo. Dudo. Le consulto a ella que es montevideana. Suelo ser muy poco fisonomista.
Sí, me afirma, es él, Eduardo Galeano, y tuvo la vergüenza que yo no tuve, y que sí suelo tener.
Me le acerqué. Irrumpí en su mesa. Estaba con Helena y los hijos de ella. Nada me detuvo sin embargo. A él tampoco pareció molestarle.
Pronto habíamos entablado una fluida conversación sobre fútbol. Le hice saber que mis favoritos eran los celestes, y no el equipo de mi país.
Que Tabárez lo merecía más que Maradona. Recuerdo que me dijo que de todos modos ver perder a Argentina le rompería el corazón. Me sostuve en que no. En que ahora y bien merecido lo tenían, les tocaba a ellos. Un equipo tan solvente como unido. La charla no se interrumpía.
Le conté que quería quedarme. Me regaló un chanchito con una flor en la boca que me traería suerte. Lo dibujó debajo de la dedicatoria en la primera página de  "Las venas abiertas de América Latina" que corrí a comprar a La Lupa, no me importaba tenerlo dos veces. Según él no fallaba. Me haría cruzar el río y lograría que esa fuese de ahí en más mi orilla.
Le dije que ya le estaba diciendo basta también a mi país, que había llegado a un límite.
Me pregunto por qué. Le hice saber de la embajada, de los acosos, de los malos tratos. No sé si le conté de vos. No, creo que no.
Sí le conté, de la escuela de cine. Tenía dos tarjetas conmigo, la de Buenos Aires con los datos de la embajada, y la de Montevideo con los datos de la escuela de cineastas. Me aconsejó sutilmente manejarme con la primera...
En el cumpleaños de Mauricio no estaba. Esperaba verlo, pero sí estaba un amigo suyo. Me llevó hasta su casa. Debía entregarle los bocetos de unas esculturas. Era en Malvín.
Supe que nunca condujo. Que siempre eligió caminar. Que va acumulando sensaciones, vivencias durante el día, que luego registra en unas diminutas libretitas en El Brasilero, y mientras estuvo cerrado en el Bacacay. Yo misma le avisé que lo habían reabierto.

Desde que lo supe no estoy bien.
Fue la última vez, hace tres semanas. De la boca de su amigo hermano Ángel. Después de dos años que no pisaba su tierra.
No, no quiero. No quiero que esté así. No quiero que le duela como dicen. Ni que olvide quien es y todo lo que nos dio...

3 comentarios:

Janeth dijo...

waoooo amiga que escrito, hablar con Galeano eso si que te lo envidio, no leo sus libros pero eso si lo escucho cundo tengo oportunidad, las cosas que dice sobre nuestra América Latina, las cosas que dice sobre los políticos y sobre la vida de los mas débiles, de los ninguneados, esos son los que mas le duelen,...me encanto poder venir y ver que es una persona simple y que si te acercas te conversa y te cuenta, te aconseja,..en fin que es un hombre sencillo,...me gusto visitarte,...Gracias....

TORO SALVAJE dijo...

:)

Que envidia.

Besos.

Palabras Perdidas dijo...

Los grandes son más grandes por su sencillez y cercanía. Algo que muchos no comprenden
Besos

 
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