8 de septiembre de 2014

Verde y rojo

Noviembre, Uruguay. Estoy caminando la ciudad de Colonia de la mano de Clarisa.
Ya los regalos han sido comprados: libretas de viaje por doquier, y cajitas atrapa sueños. 
Me encuentro con un artesano que ofrecía una piedra verde. Le pido le haga un engarce, de ese único modo la llevaría. Verde salud. En minutos fue mía. No evito frotarla. La siento como desde siempre.
El viaje había sido planeado de a dos pero anticipadamente supe que así no sería. Como tantos otros planes truncos.
Volví con una piedra roja hecha llavero para vos.
Lo que te faltaba era convicción, fortaleza para salir adelante, dejar tantos malos hábitos de lado, y alejarte de él. Sabias que te estabas matando y sin embargo...

Fueron cuarenta y ocho horas increíbles. Volví llena de energía y feliz. Sobretodo feliz.

Mañana de domingo, un libro de Mario Levrero, me espera en el Boulevard Mendoza.
Mas tarde y de repente, el tiempo suficiente para que de regreso pidiese a mi madre, me dejase entrar al cementerio de la Chacarita, y comprobar, si lo acordado con la Asociación que por tantos años presidió mi padre, había colocado el monolito pautado, o la placa que reemplazasen sus cenizas. Cenizas que perdimos. Cenizas que no nos dieron.
No sin discutir ingresamos. Yo decidida a encontrar el Panteón.
Me encuentro sola en medio de los parques, telefónicamente le digo a mi madre que si quiere irse lo haga, yo pensaba seguir hasta encontrar alguna señal.
La visita que te debía, papá.
La decisión tomada por otro. La lucha perdida...
Comienzo a caminar. Me guían. Encuentro las personas justas. Sin embargo el Panteón está cerrado. Busco entonces la plazoleta externa. Repito: me guían. Me guía. Él, mi piedra verde quizás...
La llevo apretada muy fuerte. Era mi sostén. Lo sabía.
Entablé un fluido diálogo con él. La placa no está. "Jorgito y yo, tus dos hijos", los que queríamos al menos ese homenaje.
Corroboro que sí la tienen otros músicos, otros actores importantes de la escena local.
No ceso de caminar. Te pido me guíes. Te pido no me abandones. Te pido una señal y te doy el tiempo de dos meses.
Te exijo que hablemos claro por primera vez. Camino. No puedo parar, me siento tan a gusto conmigo misma. Las fuerzas desbordan.

Antes de abandonar el lugar lo llamo y le cuento lo ocurrido. Viene por mí. Una esquina de Palermo nos tuvo de testigos y más tarde su guardia laboral.
Y fue ahí que no lo dudé. Esa piedra debía ser suya. Había pasado varios días sumergido en el más hondo de los pozos, en las más nefastas elecciones de vida. Jugabas al límite...
No querés aceptar, e insisto. Recién ahí percibo que llevás colgado un rosario rojo. Te sugiero entonces el intercambio. Yo me quedo con el rojo fuerza y vos con el verde salud. Aceptás el pacto.
Nunca ni en la peor pesadilla, imaginé en ese entonces, cuando y donde me quitarían ese rosario rojo. Encierro y oscuridad.

Quizás nada fue así como lo recuerdo, quizás nunca nos cruzamos aquel 2 de abril. Tal vez nunca intercambiamos nuestros colores y los caminos aún siguen andando hasta que un día se crucen, y todo aquello ocurra o no. Porque quizás todo era ya, encierro y oscuridad...

2 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Yo me quedo con el azul admirado.

Besos.

Palabras Perdidas dijo...

Si lo recuerdas, ocurrió. No dudes. Seguro que tu piedra verde iba impregnada de lo que quisiste transmitir.

 
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