23 de septiembre de 2014

Brothercito

Naciste el ocho de enero de 1966, e ignorabas, como nos ocurre a todos en este mundo, que día te tocaría partir. Es misterioso transitar la fecha año a año y que esta no nos de ninguna señal, premonición, o símbolo.
En tu caso fue distinto. La elegiste.
Decidiste vos mismo detenerte, decir basta, y nos dejaste a todos con el alma hecha pedazos.
Fue el catorce de abril de 2008.
Recuerdo como si fuese hoy, que antes de que tu madre me lo dijera, yo ya lo sabía, sabía que ya no estabas. Le rogué lo callase. No me hizo caso y esbozó entre sollozos "se fue a buscar un tren".
Yo miré la hora, comencé a fijarme si tambaleaba, si se sobrevenía un desmayo, y empecé a llamar a los más allegados. A aquellos que te quisieron conocer...
Fue a vos, al primero que llamé. Te ofreciste a buscarme inmediatamente por mi entonces lugar laboral, pero claro, todo había sido hacía dos días...
No tuve derecho a enterrarte, y sostuve mi día en pie.
La última vez que supe de vos, un par de meses antes, solo me pediste tiempo, y me dijiste que los amigos y los hermanos eran para el disfrute, y que de la depresión debías salir solo. Cuando volvieras a estar bien me llamarías, hermanito del alma...
Conservaba de papá algunos premios, ya no recuerdo desde cuando, calculo que desde que tuve mi primera casa sola, allá por el noventa y seis. A Jota, nuestro hermano, el que no te quiso conocer, nunca le interesó tenerlos.
Pensé hasta el cansancio cómo homenajearte. Cómo devolverte tu identidad, si hasta tu placa lleva el apellido de tu otro padre, el que apenas te crió, pero que tanto quisiste. Porque también en eso se equivocó tu madre. Fueron tus abuelos los encargados de hacerlo, y tu gran incógnita, descubrir por qué.
Hoy yo lo sé. Sé la verdad de ella.
Pero te contaba, ahora que puedo hablar con vos cuando quiero, que conservo algunos de los premios de nuestro padre, y decidí que ese debía estar cerca tuyo, el mate de plata y alpaca con la insignia "sabe el corazón que lleva el que con gusto te escucha".
Llevé también un jazmín y lo planté, tu flor favorita...sabiendo que duraría no más que el tiempo que los jardineros tardasen en descubrirlo.
El mate está ahí, enterrado al pie de tu placa, devolviéndote la identidad que te negaron, y lleva dentro un rosario tejido por tu mamá. 
Porque sea donde sea que estés, ese objeto que fue tan de él como mío, es ahora tuyo, y nos une.

1 comentarios:

Palabras Perdidas dijo...

A veces no es preciso buscar palabras rimbombantes, ni halagos ostentosos para alabar los textos, aunque las dos cosas sean dichas con sinceridad. Solo voy a decirte que este recuerdo a tu hermano es sencillamente precioso.
Te ha salido del alma, como todo lo que escribes y se siente al leerlo.
Un abrazo

 
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