20 de octubre de 2014

Km 5 (parte VIII)

Amaneció en su casa. Se sintió rara. Ya se había acostumbrado a dormir abrazada a él. Atinó a llamarlo inmediatamente, pero no lo hizo. Antes exprimió unas naranjas, puso a tostar un pan de campo, y disfrutó de una de las mermeladas traídas del Sur, luego encendió el primer cigarrillo del día.
Ya no había mucho por hacer. Solo ver quizás amigos y contarles lo que estaba viviendo. Había estado aislada, quería saber la opinión ajena. Ella misma sabía que todo era una gran locura, y que estaba pagando un precio muy alto por estar al lado de él. Él, que parecía no verlo, no valorarlo...
Comenzaron los llamados de su madre. Su último marido, un hombre de mucho dinero y grandes contactos. Le había conseguido tres entrevistas laborales. Querían atraparla, no había dudas. Que ni se le cruzase por la cabeza volver a viajar.
No se animaba a llamarlo. Tenía taquicardia.
Eligió encontrarse con una amiga que la duplicaba en años. Una ex compañera de Astrología, con quien se solía juntar a charlar de la vida. Eran afines en muchos puntos.
Almorzaron juntas. Susana le insistió llamase a Claudio, para que perdiese el temor que aumentaba con el correr de las horas.
Y no en vano tenía tanto miedo. Respondió la otra, y automáticamente cortó. Creyó que se desmayaría. 
Cuando pudo calmarse lo llamó a Sebastián, para que él intentase por su parte.
Al cabo de unas horas insistió. Sebas ya había llamado y le propuso se vieran cerca de su casa. Vivía a cincuenta kilómetros del centro y su madre no lo dejaba viajar.
Quedaron para el día siguiente.
Esa noche no durmió.
Sebastián fue acompañado por un amigo. No era de lo más cómoda la situación.
Tan solo esbozó...
-Elige los pajaritos y las montañitas, Dro. Los prefiere a ellos antes que a nosotros, y Vivi le consiguió un laburo con unas ambulancias. Me dijo que con eso podría afrontar mejor los gastos.
-¿Y ella Seba? ¿Ella está ahí? Hace solo dos días que vine a Buenos Aires.
-No sé, Dro. Ella me respondió al teléfono, pero no estoy seguro de que esté en la casa. ¿No te animás a llamar? Yo no tengo muchas excusas, en cambio vos sí, sos su mujer. Podés volver cuando quieras, y si no que te hable claro, Dro.
-Es que tengo miedo Sebas. Tengo miedo de volver a oír su voz si llamo, y de lo que tu papá me pueda decir.
-Tenés que animarte ¿Y de tu vida que, Dro? Él no te deja hacer nada. Acá sos más vos. Ya tenés tu casa. Tuviste un buen trabajo. Podés conseguir los que quieras. Vas a ser rica, Dro.
Al lado de él todos nos morimos de hambre. Él y su locura de no querer cobrarle a los pacientes.
A esta altura ya no importaba tener al amigo de Sebas de testigo. Damián. Sí, Damián.
Al regresar al centro lo llamó. Lo llamó, respondió él y lo insultó. Le dijo que por su propio hijo tenía que enterarse de que la tipa estaba ahí. Lo acuso de no haber esperado siquiera dos días para meter a la otra en la casa. Gritó. Lloró. Sus nervios estaban colapsados.

4 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Una historia intrigante.

TORO SALVAJE dijo...

Me cuesta entender las reacciones de tus personajes.

Debe ser porque me importa un pepino toda la humanidad.

Besos.

Janeth dijo...

Cierto,... el relato mas intrigante, tengo que leer las otras partes para entender mejor la trama,..te escribo cuando lo haya hecho amiga,...por lo pronto un abrazo....

Palabras Perdidas dijo...

Da la sensación de que la protagonista, Dro, hace lo que sabe que debe hacer aunque le duela. Pero no tiene el valor suficiente para terminar con lo que le provoca el dolor
Besos

 
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