1 de octubre de 2014

Kilómetro 5 (parte I)

Diciembre del noventa y siete. Hacía ya un año que estaban separados.
Todo comenzó cuando ella debió volver a la ciudad de imprevisto, ante el coma diabético de su abuela. Siempre en situaciones límites era la encargada de resolverlo todo.
Viajó por unos días, sin contar con el apoyo moral de él. Él, que siempre estaba para todos...
Fue tal vez la frialdad de su profesión, que prevaleció por sobre el rol que ella merecía por una vez, después de tres años que llevaban juntos.
La historia era como un barco sin timón. 
La decisión de mudarse al Sur del país no fue conjunta. Él había tomado ya un cargo en el hospital de Bariloche.
Llegada a Buenos Aires ella se avocó de lleno al cuidado de su abuela. La amaba como a nadie. 
El primer indicio sucedió en Pascua. Una voz femenina respondió al teléfono.
Ella no podía creerlo. No podía mantenerse en pie. Su corazón comenzó a latir fuertemente; desacompasado. Siquiera se animó a preguntar...
Solo aceptó creer que se trataba de la señora de la limpieza, como él le argumentó después.
Fue un año de cambios. La lejanía entre ambos era ya abismo. Pocos y esporádicos llamados hasta llegar a la nada misma.
La nona falleció un diecinueve de septiembre. 
A los pocos días, casi sin premeditarlo, se presentó la posibilidad de un trabajo en la ciudad.
Todo indicaba que la vida continuaba ahí.
Fue también el momento de vivir por primera vez sola y rearmarse.
Siempre creyó en las energías.
Un día fue él quien llamó, después de casi año y medio, y ella lo había intuido previamente.
Era la víspera de la navidad.
Oír su voz la estremeció por completo. En minutos de conversación decidió el viaje. Sin vacilar.
Comenzó también la mentira.
Qué diría a su familia...
Intentarlo valía la pena. Llegó el día del viaje. Toda ella eran nervios. No sabía manejar las alegrías.
Allí estaba él, en el aeropuerto, esperándola. Como debió haber sido tanto tiempo atrás.
Apenas la condujo a la casa que ocuparían, comenzaron los indicios: hornitos con esencias, flores, adornos, decoraciones navideñas, su ropa que ya no estaba, tampoco sus cosas. Difícil sería que ese lugar pudiese convertirse en su casa.
Sin embargo él seguía siéndolo todo para ella, y lucharía por este amor.
No habían pasado dos horas cuando ocurrió el primer llamado, preguntaban por un nombre hasta entonces desconocido para ella. Él continuó mintiendo, argumentando una historia si bien creíble, inventada. Los llamados no cesaron.
La promesa había sido desde el comienzo, volver a Buenos Aires juntos, transcurrido el verano.
A pesar de todo siguió eligiendo creer, aunque en su interior la verdad estuviese clara. Otra había ocupado su lugar.
Comenzaron sus llamados. La pregunta constante era ¿Cuándo volvés a Buenos Aires?, ¿Querés que te saque un pasaje?
No bastaron los llamados, un mediodía se presentó en la casa, y esa voz hasta entonces fantasmal, se personificó.
Traía una tijera entre las manos y la sostuvo a la altura de su pecho mientras duró la breve conversación. Nuevamente la pregunta, ¿Cuándo te vas?, ¿Te saco un pasaje?.
Ella no atinó más que a llamarlo a él. 
Y por supuesto que ahí la otra escondió la tijera.
Acto seguido lo besó apasionadamente delante de ella, sin importarle absolutamente nada más. Se la notaba dispuesta a todo.
Comenzaron los gritos. Él defendía a la otra, y una vez más le demostraba, que la fuerte en la historia debía ser siempre ella, y estar preparada para soportarlo todo.
Ella decidió callar, con una extraña aceptación.
Ya había empezado a vislumbrarlo. Ya era la que sería.
No podía no matarla.
Solo importaba él y el futuro que auguraban.
Urgía volver a la ciudad. Reconstruirse.
Las visitas continuaron, y ella permanecía callada, como esperando tan solo que llegase el día.
Lo planeó mirando el fuego. Una tarde, a solas, mientras él estaba de guardia en el hospital.
Bastaría con cortar los cables de los frenos. El accidente sería en la montaña. 
Uno de los tantos llamados pareció ayudar, unos pasajeros pedían ser buscados en el cerro. Eso la ayudó a completar la coartada.
No importaría enloquecer de culpa. Sabía, por el tiempo separados, que nada ni nadie podía reemplazarlo a él, y que haría todo lo que estuviese a su alcance para lograr estar juntos para siempre.
Nadie le robaría un futuro juntos.
Nadie, tampoco sospecharía, cómo llegó el fin. 

2 comentarios:

Claudia dijo...

Que suspenso!!!! Me gusta mucho el recurso de no nombrar diferente a las dos "ellas", por un lado, exige del lector un esfuerzo de diferenciación y por el otro subraya esos lugares como especulares, dos rivales de uno y del otro lado del espejo. Igualmente, creo que el punto de vista es la cabeza de una de las ellas, claramente.

Palabras Perdidas dijo...

Me sorprende y gusta el cambio de estilo.
Planteas el principio de una interesante trama que, además de tintes de thriller, bien podría mostrar dos formas de amor pasional llevado hasta los últimos extremos.
Iremos viendo
Besos

 
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