5 de octubre de 2014

km 5 (parte III)

Los días transcurrían iguales. Ya era marzo. El otoño se avecinaba y el paradisíaco paisaje se vistió de dorados, ocres, rojos, anaranjados...
A la misma hora, todos los días, se sentaba en el jardín de la casa, a mirar la copa de un árbol con el que había entablado amistad. Parecía emanar una aureola de luz, y ella concentraba sus pensamientos ahí, buscando aclararlos. 
Ya había armado su bolso dos veces, dispuesta a marcharse, y él había sabido detenerla.
Rezaba, sí, también rezaba mucho, y visitaba a la madre de él, en el centro del pueblo. Habían tenido desde siempre una buena relación.
La mujer le aconsejaba no estar tan pendiente de su hijo, y le sugería buscase ella también una actividad, algo que no solo le diese independencia económica, sino que le permitiese tener una vida más allá de él.
Parecía no conocerlo a pesar de ser su madre. 
Ningún vínculo que no fuese él mismo, él le aceptaría. Ella debía estar en la casa. Ser la esposa del neurocirujano del pueblo.
Lejos habían quedado los años de universidad, cuando se consagró al estudio del Turismo. O los idiomas aprendidos...
-Podrías estar haciendo la carrera de guía del parque - le sugirió la madre de él.
-Imposible, me lo impidió. Rompió también varios libros que me habían prestado en la biblioteca, Guillermina...
-No le demuestres que ella te interesa tanto. Restale importancia.
-No puedo Guillermina, con una u otra excusa está viniendo todos los días a la casa desde que llegué. Dígame la verdad. ¿Cuánto tiempo vivieron juntos? ¿Cuánto tiempo antes de que yo llegase ella se fue de ahí?
-Eso se lo debes preguntar a mi hijo, querida. Solo puedo aconsejarte que te des tu lugar y decirte que si él te llamó fue por algo.
-Ya me asusta. Me asusta mucho su mirada. Esos ojos... El otro día me apuntó con una tijera y cuando Claudio bajó, se la dio, diciéndole que se la había llevado distraída de la casa...
Pronto pensó que si seguía hablando y ella llevaba a cabo su plan, sería Guillermina, la mamá de él, la primera en sospechar.
Regresó a pie. Él tardaría varias horas en llegar del hospital y ella podía aprovechar para despejarse un poco y aclarar sus pensamientos. No quería convertirse en una asesina. No solo temía a la pena que pudiesen darle, sino a su propia tortura. Y de uno u otro modo lo estaría perdiendo a él, estaría dejándolo libre para otra. Él siempre había estado acompañado. No sabía de soledades.
Extrañaba a Sebastián y con el poco dinero que él le daba lo llamaba a Buenos Aires, a ver como andaba la escuela y todo el resto.
Con quienes no tomaba contacto era con su propia familia. Sabía que al menor indicio, sospecharían que no estaba haciendo una simple pasantía en el Sur, sino regresado con él, a quien odiaban y consideraban se había encargado de destruirle la vida. 
Poco le importaba lo que pensasen. Nada tenía sentido sin él. La única conclusión certera, a pesar de todo. Y eso lo había tenido claro desde el primer día y mucho más después de esa separación que los mantuvo alejados más de un año.
Sebastián a la distancia continuaba siendo, con tan solo catorce años, su mejor consejero. Había vivido y formado parte de las escenas durante todo el verano, y nadie más que él soñaba con el regreso de su padre a Buenos Aires.
Un día se lo pidió llorando. Y él no había tenido mejor idea que decirle, si no se encontraba bien con el nuevo marido de la mamá.
-¡No es mi papá! vos sos mi papá. Hay veces que necesito contarte cosas y no estás. ¿Qué te retiene acá, si ella y yo somos tu familia? Apuesto a que la nona también prefiere volver, a pesar de que dice que el pueblo le recuerda a Italia.
No obstante, no recibió respuesta, aún viendo a su hijo con lágrimas desesperadas.
La ciudad lo había afectado mucho. El gran comercio de la medicina no iba con él, y se había sabido ganar muchos enemigos en el ambiente médico. Le temía. Temía una recaída en su depresión. A pesar de que el Sur tampoco lo había sanado. Era demasiado poco invasivo su modo de tratar al paciente, y con eso se llenaba de enemigos rápidamente. Pero la naturaleza, es cierto, lo ayudaba.
Nunca salía de la casa sin despedirse de las petunias y alzaba la vista y se veía rodeado de cerros, del lago...
Sabía que había prometido volver. Y que ella había salido corriendo en su auxilio, pero seguía augurando un trabajo mejor ahí y tenerla a ella cerca. Siempre había sido su más fiel compañera. Dejaba su vida a un lado por estar con él. Era muy egoísta su actitud pero ella había sabido aceptarlo así.

3 comentarios:

Palabras Perdidas dijo...

El niño, las dos ellas. Me reafirmo en que parecen las víctimas del egocentrismo del médico. Incluso su propia madre parece darse cuenta
Continúa la intriga
Besos

TORO SALVAJE dijo...

Recaída en la depresión.
Es tan fácil...

Mª Jesús Muñoz dijo...

Rochitas, gracias por tu visita, amiga...No te olvidé,hace unos meses tuve problemas con el blog y perdí la lista del escritorio. Me alegro encontrarte de nuevo,ya me apunto de nuevo para no perderte...Mi felicitación por tus escritos siempre amenos y profundos...Mi abrazo inmenso y mi cariño.
M.Jesús

 
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