4 de octubre de 2014

Km 5 (parte II)

Todo estaba calculado. Había tomado la precaución de que no hubiese más gente implicada en el siniestro. Ella sola debía estar conduciendo el auto.
Lo que la otra había instalado en la casita que ahora ella habitaba, era una agencia de viajes, y los llamados, como desde el primer día, no cesaban.
Había pasajeros para bajar del cerro, y gentilmente esta vez decidió avisarle. Para no quedar en evidencia, el día que tomase la determinación definitiva.
Se presentó como casi todas las tardes. La estaba enloqueciendo.
Las preguntas sobre cuándo se iba, y si ella le compraba el pasaje, no hacían más que incrementar la furia y las ganas de terminar con todo. Comenzó a sentirse extraña, hasta el punto de pensar en terminar ella con su propia vida, si él no volvía a Buenos Aires a finales del verano como le había prometido.
Ella estaba allá solo por él. Le impedía trabajar, relacionarse, llevar adelante una vida normal, con lo cual cada vez que se quedaba sola, el pensamiento incipiente volvía.
Debía matarla. No podía demorarlo más. Todo cambiaría después de eso. Y difícil sería que sospechasen de ella, excepto él, claro. Aunque tampoco la creería capaz...
Sus tardes transcurrían con la compañía del tabaco y del fuego. Mirándolo planeaba como devendrían los hechos.
Tampoco le importaban sus hijos, tenía dos, podría hacerse cargo el padre. A su madre tampoco parecían importarle, cuando no hacía más que pelear por un hombre ajeno. 
Su única obsesión. La de ambas, era él. Y él, poco se arriesgaba. Buscaba estar lejos de los pleitos y restarle importancia.
Claro, por supuesto, estaba acostumbrado a que ella era capaz de soportarlo todo. Desde el primer día había sido así. Todo lo dejó por él. Dejó de pensar en sí misma. El único futuro posible que ella veía era juntos. Lejos de él era imposible vislumbrarlo.
La tijera que casualmente la otra había introducido en la casa, le serviría de instrumento. Eso sí, se repetía, el día llegaría cuando no hubiese más gente en el auto. Debería hacerlo con sumo cuidado mientras como casi todos los días, la otra ingresaba a la casa de ellos con alguna excusa para verlo a él: le buscaba nuevos trabajos, posibilidades más al Sur del país. Sabía bien que él detestaba la ciudad, que lo había enfermado. 
Y ella como siempre vivía para ser su sombra, y cada vez temía más, se concretase aquel regreso que juntos habían pactado, antes de que ella viajase en aquella víspera de navidad.
El verano transcurría y los días se había convertido en un inmenso letargo de espera.
La otra continuaba avanzando en su afable relación con él, que confiaba en sus buenas intenciones, y ella no tenía vida. Era un ver pasar los días. Solo estaba avocada al cuidado del hijo de él que le regalaba únicamente momentos de alegría, como había sido siempre, y que parecía entenderla como un adulto.
Se propuso la fecha de cumpleaños de su padre. El seis de febrero indicaría el límite. Ese día debían estar ya, los hechos consumados. La vieja costumbre de jugar con las fechas...Se encomendó a su padre. A su padre y su recuerdo.
Sin embargo llegó el día, y los hechos no ocurrieron, ni para bien, ni para mal.
A esta altura más temía por su propia vida.
Cada día que pasaba era un suplicio. Él parecía ser una marioneta controlada por la otra.
Un día lo llevó hasta El Bolsón por una oportunidad laboral y ella pasó casi todo el día sola, fumando, elucubrando, imaginando lo peor: ser ella la que sobraba.
Sebastián había ya partido. Empezaban las clases. Ni sus presiones fueron suficientes para convencer a su papá de regresar los tres a Buenos Aires. Se lo había pedido llorando, y sin embargo fracasó. Qué podía esperar entonces ella...
Lo único que tenía claro es que su vida sin él no había sido vida. Solo supervivencia. Y el haber estado juntos nuevamente le hizo recordar que él para ella lo era todo.
Sin embargo, no a la inversa. Primero estaban sus pacientes, luego su hijo, luego ella y quizás ni eso...
Cada día que pasaba se sumaba mayor desconcierto. ¿Valdría la pena convertirse en una asesina por no perderlo a él? ¿Valía la pena seguir viviendo sin él, o sería más fácil acabar con su propia vida?

3 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Todos llevamos un monstruo dentro.
Hay que procurar que no se desate.

Besos.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Es intrigante la identidad de "ellas".
Matar o matarse no son lo que se dice, opciones equilibradas.

Palabras Perdidas dijo...

Sigues manteniendo la intriga. Ninguna de las dos "ellas" renuncia al objeto de su ¿obsesión? y, a él, no parecen importarle mucho.
Besos

 
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