22 de diciembre de 2014

Encuentros, Borges (parte XIX)

-Maestro, ayer, como le dije, volví a la Iglesia del Santísimo a hablar con el párroco. Al principio no me trató tan bien como la otra vez, o por lo menos eso sentí yo...
Dejó entrever que en cierto modo estoy "jugando".
Por eso decidí ir hasta Luján a ver la placa de mi hermano, a sentarme a conversar con él. Ese lugar me da mucha paz.
Dejé todo en sus manos, si es que desde donde está nos ve y puede ayudarnos...
¿Usted se sintió bien ayer, maestro?
-En impecable estado ¿Por qué me lo dice?
-Y maestro, yo ayer corrí por toda la ciudad. Constaté que estábamos en el año 2014. Que mi hermano está muerto.
-Yo sin embargo, tomé exámenes, y me acordé de lo que usted me dijo. Seré más exigente con mis alumnos en esta ocasión.
-¡Fani! - la llamó...
-¿Qué hizo ayer cuando yo no estaba?
-Fui a ayudar a su madre a casa de Norah.
-¿Ha visto?
-¡Dos líneas de tiempo diversas en un mismo plano!
Y por lo visto María Gracia estaba en el mismo que nosotros, porque se comunicó ayer.

Le pregunté si mi padre le había dicho de la cena en la que venía pensando, para que conociésemos su casa y su señora.
Sí, algo me anticipó. Le faltaba coordinar con su madre.
-¿Tiene ganas de verla?
-No lo sé. La veo tan asiduamente - le dije sonriendo.
-Sí, claro, pero será otro tipo de oportunidad. Usted siempre reclama que ella no hizo mucho por salvar ese matrimonio, que había sido una sola la discusión. Verlos juntos será una buena oportunidad. ¡Está embarazada de usted misma!
Volverá a su casa, que tanto amaba. Yo creo que será una linda velada.
-¿Ayer se comunicaron? - le pregunté.
-Sí, y me repitió lo de la invitación.
Yo creo que no pasará de estos días.

Llegó la noche de la cena. Ambos estábamos muy ansiosos.
Bastó con atravesar la plaza San Martín y llegamos. Borges me había hecho elegir un gran ramo de flores.
Tocamos el noveno piso. ¡Cuántos años sin hacer sonar ese timbre! Me remitió a mis años de escuela...
El departamento era bellísimo, tal cual yo lo recordaba, y ella gentilmente me hizo hacer un recorrido por todos los ambientes, mientras mi padre compartía una ginebra con Borges en el living comedor.
Mi cuarto ya estaba listo. Tenía salida a la terraza. Allí mi madre compraría una gran pileta inflable con todos sus ahorros, cuando ya estuvieran separados.
Era una hermosa mujer. Aún hoy lo sigue siendo.
Me preguntó por mi trabajo con Borges. Le respondí que era una especie de secretaria, amanuense... que me sentí muy halagada de tener esta oportunidad, ya que había estudiado su obra desde muy pequeña.
Me contó que había sido manequin hasta que conoció a mi padre.
Lo extraño era que ella tenía casi veinte años menos que yo... 
Esta sí era una oportunidad única.

-¿Cuándo se conocieron? - aproveché a preguntar.
-En el sesenta y tres. He tenido muchos inconvenientes para quedar embarazada.
Cuando mi hijo nazca será bautizado por el Padre Mario Pantaleo. Él me ayudó a que este sueño se haga realidad.

No supe más que lo que sé hoy. Año mil nueve sesenta y tres, y Jorgito nació en el sesenta y seis. Había una superposición inentendible.
Mi madre continúa siendo una fiel devota del Padre Mario, que me bautizó en la Iglesia del Socorro, en Juncal y Suipacha.
La cena estaba deliciosa y la sobremesa encantadora, no faltaron las masas finas que tanto apasionaban a mi padre.
Sin embargo me esperaba una gran sorpresa, para la que no estaba preparada.
En un momento fui a la cocina a ayudar a mi madre con unos cafés. Oí ruidos. Había una pieza. La recordé inmediatamente. Ahí jugaba a la maestra.
-Mi mamá me ha ayudado con la cena, pero es muy arisca. No ha querido salir a saludar - me dijo justificando la presencia.

Su mamá...¡Mi nona! Mi adorada nona...
La perdí en el año noventa y seis y fue uno de los dolores más grandes de mi vida.
La cuidé sola el último año. Se llevaba conmigo mejor que con nadie.
Sufrió mucho con mi separación de Claudio. Ella siempre quiso verme acompañada y feliz.
No podía disimular la emoción, pero por lo visto no estaba dispuesta a salir de la habitación. Era la contigua a la cocina.
Creí recordar que mi abuela pasaba largas horas ahí.
Adoraba cocinar. Nos crió prácticamente...
Con mi papá tenía un pacto de buenos modales. Ella era menor que él, y él la respetaba aunque no siempre coincidiesen. Evidentemente, mi padre lo sabía ver y lo valoraba. Jamás se interpuso.

La ayudé con los cafés y me demoré a propósito.
De pronto mi abuela salió y me pidió disculpas.
-Usted debe ser la secretaria de Borges - me dijo.
No es por maleducada, pero no me sentía parte de esa cena.
-El maestro intimida a veces, pero es muy ameno - le respondí.
-Ya lo creo.
Vaya que se perderá el café. He preparado unos scones, que sospecho han salido riquísimos.
Mi madre se volvió a buscarme.
-Lo siento, me demoré con su mamá. Justo salió de la habitación cuando yo abandonaba la cocina.
-¿No le dije que era arisca? - volvió a insistir sonriendo.
-A mí me pareció encantadora.

Mi abuela la ayudó mucho siempre, y no tenía ansias de figurar. Nada hubiese sido de mi madre sin ella cerca. Ella cocinaba como los dioses, cosía espléndidamente, la ayudó conmigo y con mi hermano cuando nacimos, y muchísimo cuando se separó de mi papá.

-¿Y cómo va ese libro? - preguntó mi madre durante el café de la sobremesa.
-Poniéndonos de acuerdo. Seleccionando entre cuentos y poemas para que sean leídos la noche de la presentación de las Obras Completas - resumió Borges.
Yo dejo todo en sus manos - dijo señalándonos. Conocen muy bien la obra, y son mejores críticos que yo.
-Por lo que respecta a Jorge, le aseguro que sí - agregó.
¿Para cuándo calculan que estaría teniendo lugar esa noche? - continuó.
-Depende de la editorial, de los diseñadores. No solo de nosotros.
Por nuestra parte yo estimo un mes más.
Pero usted, Salcedo, que es quien lee, debería tener la última palabra.
-Con un mes de ensayos sobra - respondió.

Ella no tenía inconvenientes para seguir la conversación.

-Coincidirá con la fecha de nacimiento de nuestro hijo. Quizás no pueda estar.
Si el asunto se demora sí, porque afortunadamente cuento con la ayuda de mi madre.
Ella este último tiempo ha estado viviendo con nosotros. Yo ya no es mucho lo que puedo hacer.
-Yo siempre he contado con la ayuda de la mía. Solo en el último mes ha estado acompañando a mi hermana Norah - agregó Borges.
Sabe que cuando estoy en períodos exigidos de trabajo, si yo mismo no le pido ayuda es mejor que se aleje. Es la mujer más inteligente que conozco, tal vez por eso no consigo esposa.
-Yo apuesto a que la encontrará - acotó ella.
Las mujeres mueren con sus poemas, Borges. No se le atreven.
-He tenido una enorme mala suerte desde siempre.
Podría hacerles una lista de las mujeres que me rechazaron, o inspiraron mis poemas. Ya se los decía el otro día, creo que carecería de obra de no haber sido así.
-No lo creo Borges - lo interrumpió mi madre, y decidió presentar a la suya.

Previo a eso se retiró a la cocina y juntas trajeron unas copas de cognac.
Se me derramaron unas lágrimas al ver nuevamente a mi nona.
Cuán feliz hubiese seguido siendo si ella hubiera continuado viva.
Mientras tanto pensaba, que lo peor es que no tendría excusa para volver a casa de los Salcedo.
Tampoco me llevaría su abrazo...
Los ojos me brillaban de emoción.
Borges lo intuyó no sé cómo, y atinó a acortar el encuentro. Ya era suficiente por esa noche.
Pediríamos un auto y me acompañaría hasta mi casa. Quería tener la certeza de que al regresar, regresaba a mi tiempo.
Yo por lo bajo había alcanzado a decirle "está mi abuela, voy a quebrarme de emoción".
Sin embargo toleré toda la cena con bastante naturalidad.
Nos despedimos hasta una pronta próxima vez. 

2 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Borges lo intuía todo.
Casi era un Dios.

Besos.

Mario gomez garrido dijo...

Resulta fácil percibir los olores de la cocina, de las cenas, de los scones, de las masas, tan agradables. ¿Que Borges tuvo mala suerte? Tal vez. Pero no se acobardó con los rechazos, para mi es entrañable quien sigue peleando a pesar de no ser correspondido.

 
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