9 de febrero de 2015

La doble identidad (parte XIX)

En aquella tarde de abril, nada anticipó el encuentro. 
Pudo tratarse de instantes; efímeros, que no pasarían a transformarse en recuerdo. Sin embargo, participaste de mi amor a primera vista por aquellos ojos azules; la mirada del maestro Benedetti, me surgió decir, y el aire de Pepe...
Inmediatamente lo llovieron las lágrimas, y emocionado me rogó que no dejase de llamarlo en mi próximo viaje a Montevideo.
Vos te acercaste, a salvarme de mi ignorancia, y a contarme quién era. Fue en el Patio de los naranjos.
Es ahí cuando le imploro; nada lo eximiría de llevarme con él a su paisito anaranjado...

- ¿Anaranjado por qué?
- El maestro decía que era verde, pero para mí siempre fue anaranjado. Por los atardeceres de Casa Pueblo, de Punta del Diablo.

"Montevideo era verde en mi infancia
absolutamente verde y con tranvías
y el Prado con caminos de hojas secas
y el olor a eucaliptus y a temprano"
                                    Mario Benedetti

La noche permanece imborrable, en los jardines de otra embajada. Yo llevaba un bolso de tela blanco con un corazón negro que decía "L'amour foux".
A la mañana siguiente empezaban las jornadas que nos ocuparían casi veinte días. Y aquel, desde sus ojos color cielo, me daba la bienvenida. Repite que para él seré inolvidable. Respondo que no me podrá olvidar porque me tendrá muy cerca siempre.
Los días transcurrieron afanosos; la pasión unánime, el placer desmesurado. Laberinto de deleites borgeanos. Encuentros desde siempre. Y así, me alejaba de mi vida de hacía tanto para acercarme a ellos, que parecían llegar por vez primera y sin embargo, los sentí cuánto más cerca.
En cinco días ya era otra, otra que no olvidaba a la anterior, pero que se sabía fuerte y segura. Determinada. Al fin entera. 
Los mensajes del alma sonaban a modo de mantra. Daban la energía para continuar, segura del camino incierto. 
El día anterior a aquella tarde, había estado con vos, hermanito; con vos y tu Carlos Keen, cuando de nuevo los colores del cielo se parecieron a los nuestros, y el restaurant 1800 y tu casa blanca ya no dolieron. Había ido a plantarte un jazmín.
Pero todo comenzó después de Tigre. No supe escaparme, quizás no quise, tal vez era mucho el dolor del destrato, de mi sueño; el nuestro, depositado en vos; de la esperanza que comenzaba a hacerse añicos por tu distancia insondable que ni siquiera quisiste fingir. 
Tres conciertos dieron marco a esos días. 
Nada hablaría del después, de aquello que quisiste no tuviese pasos de comedia ni de drama. 
Sopesaban las miradas. La desaprobación, el desconcierto o la envidia. Jamás lo supe.
En medio del caos estuviste lejos.  Sí, ya sé que interpreté mal, que nada más lejano a vos que querer distanciarte. Lo sé y quizás fue verdad.  Acaso nos aferramos a lo que sentimos más nuestro. Necesitamos hacer pie en algo cuando todo tambalea, y sentir tu distracción, sufrir tu ligereza y olvido. Fue mucho.
Porque tu parecer no definiría, ni el tuyo tampoco, pero precisaba saber que algo, de todo lo que me había rodeado había sido real. Verdad. Porque en el medio del laberinto, nos encontramos más solos, menos contentos. Certeros de la unidad. 
La causalidad quiso que aquel día de junio, mucho después de tanto, del amanecer que nos reconcilió en primavera y nos alejó sin duelo ni señal; un bar, una ventana y una tarde, te viera. Y fue verte y saber que aún importaba el pasado compartido, y que la añoranza se adueñaba del presente. Porque es continuo pero no es contundente, porque en él somos, pero en el otro fuimos y seremos. Porque somos todo aquello que hemos sido, mucho más que en la inercia, mucho más que en este instante perecedero...
Y la magia de la casa de Victoria en Palermo, de los manuscritos de Camus, de los retratos de Drieu, y los programas de la Pleiade; de Callois y Borges juntos, de Julio, y era otoño, un poco gris; era de tarde ya, y la exigencia del último mes había sido extrema. Diez llamadas en treinta días no es apto para todos los cerebros. Sin embargo fue posible, había salido ilesa,  y esa mañana la coronaba el Delf -nada más en sintonía- confirmando una vez más, mi amor incondicional por esa lengua con la que tanto costó lidiar en los comienzos, cuando a los seis años, el azar quiso que, ineludiblemente me zambullese en ella.
Vibré en la frecuencia exacta. Sentí que ese era mi momento y mi lugar en el mundo.
La tarde también trajo recuerdos de una década pasada. Las calles de Palermo Chico, hablan; me hablan. La casita verde, la patisserie, la terraza al río, los tés en el Metropolitano...
Volvimos a casa. Volviste para irte. No supiste ver que no importaba. Que el afecto y el reencuentro era más importante que el momento, que el supuesto revés. 
Tal vez te malograste. Busqué defenderte y no;  fallaste en tu contra.
Quedé desprovista e incompleta, mirando hacia adelante. Vacilante. Nada afirmaba los verdaderos porqué. 

6 de febrero de 2015

Encuentros, Borges (parte XXXIII)

Gracias a todos los que han ido siguiendo esta historia. La causalidad quiso que hoy, que es el centenario de mi padre, publiqué el último capítulo de estas charlas.


Sonó el teléfono muy temprano, era el maestro, le urgía que fuera a su casa. Por supuesto que no me negué.
Él y María me esperaban con un rico desayuno.
Escúcheme, me dijo, pero escúcheme de verdad. He estado pensando en todo lo que afrontamos desde aquel día, en que en el año 2014, usted tocó el timbre de mi casa...
Usted jamás pensó en usted. Solo ha transcurrido el tiempo arreglando el pasado de los otros, me dijo con cierto enojo.
Es cierto, maestro, le respondí pensativa.
-¿Recuerda a aquella niña de seis años que usted arropó durante una noche en la habitación del Hotel Las Delicias?
No sé cómo hemos podido estar ahí, fue demolido a fines de los años cincuenta. Lo he verificado. Casualmente ahora usted en su otra existencia tiene la edad de esa pequeña a la que intentó darle fuerzas para afrontar la separación de sus padres, la vida con su futura pareja que morirá a los cincuenta y un años por evitar una operación, la carrera de Letras que no terminó y la hizo sentir tan triste... las internaciones posteriores al suicidio de su adorado hermano.  

El maestro enumeraba...

No le ha tocado lo que se dice una vida fácil.
Usted ha evitado frecuentar a la hija de Salcedo. Entiendo que quizás la impresiona, pero he estado pensando mucho y es posible que haya tenido que transitar todo este período para cambiar el futuro que no debió ser.
-Ay, maestro - exclamé casi llorando.
-No tema. Le hablo con total certeza. Usted puede.
Vaya a ver al Padre del Santísimo, que tanto la ha sabido acompañar en la transición y transmítale lo que le digo.
Quizás pueda comenzar a vivir su vida desde aquel entonces y olvidar, solo olvidar. La razón no la perdió nunca. Y yo he estado muy cerca constatándolo. 
Me refiero al momento en que la niña de seis años se desvaneció ante los primeros rayos de luz de aquella mañana en Adrogué.
Recuerdo todo, Rossina. La he acompañado con convicción.
Somos muchos los que hoy estamos viviendo nuestro presente en el año setenta y seis, precisamente la edad de la pequeña de Las Delicias...
¿Por qué no, usted también? 
A propósito ¿Cuándo es el encuentro entre María Gracia y Salcedo?
-Mañana.
-¿Va a ir?
-Sí, él me ha pedido que lo acompañe, pero no estaré presente durante la conversación.
-Que sea lo último que hace. Ya ha entregado mucho de su presente. Debe dejar que los acontecimientos sigan su curso.
Si usted recupera la edad de seis años, podrá disfrutar a su hermano desde pequeño. No es casual que esa niña haya tenido justamente esa edad. Estamos en 1976, mi querida. Su hermano tiene once años.
Quizás así pueda, quizás no, no lo sé, evitar la separación de sus padres y esas visitas pautadas que tanto la marcaron.
Eso también dependerá de ellos. Usted, no debe involucrarse.
Ahora debe elegir: quedarse en este presente o regresar al suyo, solo temo que no pueda olvidar.
Se me ha ocurrido que pasado el encuentro entre María Gracia y Salcedo debemos volver a Adrogué. Allí hay magia. Quizás el destino o el tiempo nos permitan pasar una vez más una noche en ese hotel y hallemos alguna respuesta a tanto interrogante.
-¿Está de acuerdo?
-Absolutamente, maestro.

Apenas me fui de la casa de Maipú, crucé a la Iglesia del Santísimo Sacramento.
No tenía mucho que explicarle al Padre, solo ponerlo al tanto de los últimos pensamientos de Borges, y saber si los compartía. El tiempo había transcurrido distinto en el mismo plano. Aún no habíamos llegado a la navidad del año 2014...
Incluso había festejado mi cumpleaños número cuarenta y cuatro, y continuaba frecuentando gente de mi presente que no estaba al tanto de lo que en verdad ocurría.
El Padre coincidió con el maestro, en que yo no había hecho nada por mi propia vida, y quizás era hora de remediarlo para por fin partir o regresar. 
Volví caminando a casa, tenía mucho que pensar. Perder no perdía mucho, no estaba lo que se dice plena en mi existencia actual. Quizás ellos tenían razón. ¿Lograría olvidar o al menos convivir con ambos pasados?

Fue emocionante ver llegar a mi padre a Luján y encontrarse con María Gracia y Jorgito. Me alejé. Ese momento era de ellos. Yo ya tendría tiempo de disfrutarlos. Me quedé con una imagen, la de un abrazo conjunto. 
Tenía la certeza absoluta de que conmigo presente o no, el final de Jorge sería otro, y no decidiría partir un catorce de abril de 2008, a veinte exactos años de la muerte de nuestro padre. 
Nadie nos robaría los años que ninguno supo del otro...
El maestro tenía razón, era cuestión de animarse, el pasaje de tiempos, más que probable se daría en Adrogué, en ese hotel que ya no existía y una vez más nos recibía.
El libro de registro de pasajeros tenía nuestros nombres ya escritos, y la tinta estaba todavía fresca.
A la mañana siguiente, Borges abandonó la habitación diecinueve y pasó a buscar a la pequeña que descansaba aún en la habitación dieciséis.


FIN

5 de febrero de 2015

La doble identidad (parte XVIII)

Salía de mi casa a las ocho de la mañana y regresaba a las veintitrés, no sabía cómo pero lo lograba.
Sin embargo, no todo pudo ser tan fácil ni discurrir normalmente. Al mes de haber comenzado las clases y llevar un excelente ritmo de estudio mientras "abría la puerta y atendía el teléfono", una mañana como cualquiera de las otras durante doce continuos años, me apersoné en mi lugar de trabajo y un compañero ocupaba mi puesto. Era el encargado de decirme que el día anterior me habían despedido. Que ya estaba lista la liquidación total en el banco. Nunca llegó el telegrama...
Junté pocas de las cosas que podía haber acumulado en tantos años, me despedí de todos y me fui.
Subí por Ayacucho, la calle de "Almadei", nuestro consultorio con Claudio. Nada indicaba lo que me había pasado. Era una mañana de sol. Todo transcurría igual. 
Ya no tenía sesiones con Nicolás desde que había empezado a estudiar.
Le pedí un turno para el sábado, siempre temiendo por mi integridad. Había padecido mucho, estaba muy golpeada. Medía cada uno de mis pasos para no tambalear.
Recuerdo que esa tarde no falté a clase. Era lo único seguro que tenía en mi vida en ese momento.
Yo no me había equivocado lamentablemente. Y sí los demás.
No me había perdonado el rechazo, las cartas documento, mis no rotundo a sus propuestas, mi carta al embajador, y sobre todo el haber tolerado con dignidad las funciones que me otorgó para los tres meses que habían pasado desde el día de mi reintegro.
No me caí esta vez.
Comencé a dar clases de italiano, de francés, hacía cartas natales. Me dediqué a mis pasiones. La carrera era mi prioridad.
Me habían aclarado desde el primer día, que con el cincuenta por ciento de las materias aprobadas, podía comenzar a dar clases.
Solo tenía que lograr sustentarme hasta entonces.
No podían haberme tocado mejores compañeros. No importaban las edades. Se formó un gran pequeño grupo.
Con el correr de los meses fuimos siendo menos, y cada día que pasaba estábamos más y más unidos.
Recuerdo aquel año entre lo mejor de lo vivido.
Aprendí que la vida siempre puede sorprendernos, darnos una nueva oportunidad...
Diciembre coronó lo que vislumbré durante el año. Aprobé las doce materias en la primera fecha. Tuve también mis primeras prácticas, tanto en el nivel primario como secundario. Una experiencia inolvidable.


3 de febrero de 2015

La doble identidad (parte XVII)

Ya no tomaba medicamentos, tampoco tenía tiempo de ir a terapia, y francamente sentía que no lo necesitaba. Había comenzado una nueva vida, tenía proyectos. Por fin sabía qué quería para mi futuro, después de tanto tiempo de luchar para encontrarme.
Me había también resignado a la idea de trasladarme a Montevideo. 
Paradójicamente, la persona de la que menos apoyo recibí para hacerlo, fue de él. De Álvaro.
En una oportunidad me dijo, "Rochitas, el día que mis días tengan setenta y dos horas como los tuyos, podré seguirte el ritmo".
Supe tristemente, que elegía quizás a la Rossina débil y sin rumbo. Pronto tuvo una fuerte depresión, e hizo un poco como mi hermano, encerrarse, amotinarse, como acostumbraba a decir Jorgito...
La carrera terminó por ser definitoria en nuestra relación. Cuatro años me demandaría.
Y elegí. Nunca sabré si me equivoqué, pero elegí.
No hemos continuado el contacto, ni siquiera por escrito, ni siquiera cada tanto. Como si él solo hubiese aparecido en mi vida para acompañarme durante los dos años que solo sostuve sobrevivir. Y ni siquiera eso, casi muerta en vida...
Él había estado cada noche, a través de un teléfono, buscando transmitirme su calma, asegurándome que todo pasaría, y volvería a ser la que él conoció.


Hubiera querido saber de vos. Que sepas de mí. Sin pedirte nada a cambio. Merecemos brindar por lo que sí fue, en medio de tantos sueños imposibles, lo nuestro fue verdad.

2 de febrero de 2015

Encuentros, Borges (parte XXXII)

Borges me esperaba ansioso, y no hizo más que felicitarme por mi proceder.
Desde hacía tiempo se lo veía radiante. Su nueva vida tenía mucho que ver con lo que yo le había anticipado, y me estaba muy agradecido de que le hubiese sabido dar esa tranquilidad unos años antes, sin decirle qué iba a ser exactamente lo que ocurriría. Pero más agradecida le estaba yo a él, que había sido una insuperable compañía.
Conté con él en todo momento.
Yo era feliz de verlo feliz.
Estaba durante largos períodos fuera del país, con lo cual no era usual hallarlo en Buenos Aires.
Para esos tiempos comenzó a gestar la idea de "Atlas", con una recopilación de todos sus viajes.
Él también continuaba la relación con mi padre, estimo que lo hacía por mí. Yo aún no había culminado con mi misión, aunque según él estaba cerca de alcanzarla.
Cumplí uno de mis sueños, tenía una preciosa amistad con mi abuela. Tuve la oportunidad de disfrutarla luego de su partida...
María Gracia había contado a Jorgito toda la verdad, y él la había asumido con adultez. Al menos no culparía a su madre en el futuro de tantos ocultamientos.
Solo faltaba que él y mi padre se conociesen y disfrutasen del vínculo como lo merecían ambos.

Una mañana Borges me llamó. Mi padre se había comunicado pidiéndole mi teléfono. Él ante la sorpresa, decidió decirle que me contactaría, y luego me haría a mí llamarlo a él. 
Inmediatamente me comuniqué con el número de Arenales, respondió mi madre. Me lo pasó al instante, pero el que no se sintió cómodo para hablar fue él. 
"Necesito verla. Es importante. Tengo una propuesta para hacerle".
Era lógico que fingiera al hablar, porque no estaba solo.
Le dije que no tenía inconveniente, y que el mismo pusiese el día y el lugar.
Mañana mismo en "D´accord", me respondió.

Sospechaba que iba a elegir la misma confitería. Desde entonces, pasaría a ser el lugar de nuestros encuentros. 
Necesitó de mucho coraje para enfrentar lo que ya había decidido, y se apoyó mucho en mí.
Le aconsejé se anticipase con un llamado telefónico a María Gracia, para la que tampoco iba a ser fácil el encuentro después de tanto tiempo y de tantos temores acumulados.
Lo hizo.
La charla fue breve y fui también testigo. Pactaron una cita en Luján. Él me pidió lo acompañase, y no me negué.
Tendría por primera vez la oportunidad de ver a mi padre y a mi hermano mayor juntos.
Ahora sí se acercaba el final de mi misión. Lo presentía y me dolía al mismo tiempo. Debía continuar con mi vida de antes, donde no estaban ni el maestro, ni mi padre, ni mi nona. Sí tal vez, si las cosas salían como yo pensaba, tendría cerca a mi hermano del alma y habríamos evitado su trágico final.

30 de enero de 2015

La doble identidad (parte XVI)

Para entonces concurríamos con Luciana al mismo taller literario los días miércoles. Era sobre todo especializado en poesía.
Supuse que quería conversar sobre eso. No era así...
Precisaba hablarme de otro tema, solo me anticipó que era importante.
Fuimos esa misma tarde al jardín del bar Notorious y ambas sin saberlo aún, tomaríamos una gran decisión.
Fue en el bar que me contó de la conversación que había mantenido con su novio la noche anterior, que además me implicaba a mí.
Nosotras hacía bastante tiempo que nos dedicábamos a tratar de encontrar el mejor taller literario, y por lo general terminábamos por quejarnos de quienes los coordinaban.
Él le había dicho entonces, que ambas estábamos perdiendo el tiempo. Que no recibiríamos un título por un taller. Que teníamos todas las condiciones dadas para convertirnos en profesoras y de empezar a hacer las cosas en serio.
No lo habíamos jamás pensado. Ninguna de las dos...
Yo misma me sorprendí de la percepción de él para conmigo.
Lo primero que pensé es que de ese modo ocuparía las ocho interminables horas de la embajada, donde mis funciones se habían limitado a abrir una puerta o a atender un teléfono...
Llevaba un ritmo de lectura increíble.
Si empezaba el profesorado, de veras tendría todo el tiempo del mundo para llevar las materias que fuesen al día. Habría entonces solucionado dos problemas.
Mi última carrera la había terminado hacía veinte años, y la única experiencia laboral con ella fue en San Martín de los Andes durante un corto invierno...
Pero esta vez no dudaba. A pesar de tener ya treinta y nueve años y de haber temido hasta hacía poco tiempo por todas mis capacidades, cuando Luciana terminó de hablar, yo ya lo tenía decidido.
En minutos estuvimos en Ayacucho y Córdoba en el Alicia Moreau de Justo. No había vacantes disponibles.
De ahí nos fuimos al Sagrado Corazón de Caballito, pero el horario de ingreso a clase era anterior al de la salida de mi oficina.
Estaba casi desistiendo, cuando una mañana comencé a ayudarme con internet : "Letras", "Literatura", "Profesorados" y la búsqueda me arrojó, Esmeralda al setecientos: Consejo Superior de Educación Católica.
Solo esperé hasta el horario de almuerzo para ir. Me indicaron que en ese turno era nivel primario, pero podía volver a la tarde.
Esa misma tarde, y mucho más tarde de lo que debería haber ido, fui a ver de qué se trataba.
Me preguntaron, "¿No querés ver una clase? empezaron el lunes, ya te perdiste dos días".
Sin pensarlo dije que sí, y en cinco minutos había sido presentada como una nueva alumna a la profesora de "Taller de Redacción".
Recuerdo haberme emocionado varias veces durante las tres horas que duró la clase.
Ese día nos habían dado un aula especial, no la que tendríamos. Era el aula de jardín de infantes.
No sé si eso tuvo que ver, pero estuve muy movilizada y feliz todo el tiempo.
Tardé mucho en contarlo a todo mi entorno.


Solo Luciana y yo sabíamos lo que habíamos emprendido. Ella en el Sagrado Corazón.

29 de enero de 2015

Encuentros, Borges (parte XXXI)

Ya hacía varios años que conocía a mi padre y que aún, a pesar de haber culminado con el proyecto de las Obras Completas, nos seguíamos frecuentando.
Una tarde lo cité en la confitería "D' accord", en la calle Carlos Pellegrini, a metros de su casa.
Siempre de pequeña me llevaba allí. Sabía que se sentía muy cómodo en ese lugar. Aceptó sin mayores preguntas.
Decidí hablarle con el alma en la mano. Le conté que no podía decirle exactamente porqué me tocaba a mí este rol, pero que la confianza que habíamos adquirido y su amabilidad de siempre para conmigo hacían que me atreviese a hablarle.

-¿Recuerda mis viajes a Luján?

Inmediatamente me respondió que sí. Que nunca había olvidado aquella conversación.

-A ver a su amiga María Gracia - agregó.

Exacto, le respondí. A ver a ella y a su niño del que quise ser madrina.

-Recuerdo perfectamente aquella tarde en casa de Borges y las coincidencias - me dijo.
-Yo también noté que usted fue consciente de ellas, pero no me quise inmiscuir en su privacidad, ya que no teníamos la familiaridad para que lo hiciese.
Yo había estado con María Gracia el día anterior y ella me había confesado toda su verdad: una separación, un embarazo, una huida, un casamiento arreglado por sus padres ante la deshonra.
-Lo sé - me respondió
Por eso me atreví sin meditarlo demasiado, a ir a Luján a cerciorarme de ello...
No lo hice en buenos términos. Cometí una torpeza.
Solo quería ver al niño, saber que sentía al tenerlo delante mío, y contraté una gente para que se encargue de retirarlo de la escuela donde iba.
Todo salió muy mal. Fue un escándalo, y no pude lograr siquiera mi intención. Yo no quería robárselo, afirmó.
Tampoco me atreví a hablar con ella. 
Yo tengo una familia armada, sé que mi mujer no lo aceptaría, ni me perdonaría algo así.
-Pero, Jorge. Si usted tiene la seguridad de que es su hijo debe hacerlo. 
Ese derecho no se lo roba nadie, y su esposa tiene que aprender a convivir con esa realidad, que por otra parte corresponde a una historia anterior a la de ustedes.
-No crea que es tan fácil.
-¿Y desde entonces, no lo ha vuelto a intentar?, ¿no volvió más a Luján?
-Voy todos los miércoles. Lo miro desde lejos. Lo veo crecer. Nunca me acerqué a él - dijo con la voz quebrada.
-Eso es un tremendo error, no me pregunte porqué, pero sé que sufrirán todas las partes involucradas, y será irremediable.
Jorgito merece saber quién es su papá y llevar su verdadero apellido.
Le han negado su identidad...
-Es muy segura cuando habla. Parece tener muchas certezas.
-Las tengo. No puedo decirle más.
Ya nos hemos revelado nuestras verdades. No le queda más que actuar con la misma valentía que su personalidad transmite.
-Gracias - me dijo.

Supe que lo había convencido. Ahora debía dejarlo obrar a él.

-Si requiere de mi ayuda, no dude de ello. Cuente conmigo.
-Lo haré.

Nos despedimos con un fuerte abrazo.
Fue el primero que recibí de mi padre en mucho tiempo.
No pude evitar llamar a Borges apenas terminado el encuentro. Merecía ser el primero en estar al tanto.
Me citó inmediatamente. Para ese entonces ya vivía con María y era extremadamente feliz.
Sentía que se iban acabando mis misiones a cumplir, en un tramo del tiempo que no era el mío.

28 de enero de 2015

La doble identidad (parte XV)

En abril de 2010 recibimos en la embajada al que sería el nuevo agregado comercial. Hasta ese entonces, Arístides, había estado casi siete años. Era un momento de cambios, de mucha melancolía por todo lo compartido, y también temor. 
En mi caso se incrementaba. Mi jefe para ayudarme en la relación con quien vendría en su lugar, me puso como referente vía email, y quien sería su reemplazo comenzó a comunicarse conmigo diariamente con todo tipo de pedidos. Algunos de lo más insólitos.
Esto no había ocurrido nunca desde que yo estaba, hacía once años.
Todos llegaban al país, elegían sus casas, los colegios y clubes para sus hijos, las esposas comenzaban a apreciar el buen vivir que les otorgaría Buenos Aires, pero no utilizaban para ello al personal administrativo.
Yo recién comenzaba a vislumbrar una lucecita al final del largo túnel. Temía cometer errores. Sin embargo, no los tuve.
Llegó el ocho de abril. Se presentó en la oficina. Se dirigió a mí en primer lugar y me agradeció por todas las molestias ocasionadas. 
Ya había tirado por las ventanas del hotel, los chocolates que tenía el frigo bar de la habitación, que según él, pidió dos veces que se los retirasen argumentando la tentación que le producían.
Comenzó a pedirme que lo acompañase en horario laboral a recorrer departamentos. Tenía la intención de comprar, porque Buenos Aires lo pensaba como su último destino.
No solo me encargué de eso. Debí ocuparme de todo, y él estaba fascinado con mi compañía.
Yo prácticamente ya no cubría mi horario. Estaba con él, con "Pino", como se hacía llamar.
No tutearlo podía conducir a un despido, anticipaba.
Los recorridos lograban que compartiésemos desayunos, almuerzos, y cuando llegaba la hora de la cena me suplicaba no lo dejase solo, y al negarme respondía: "He hecho una vida solo, no te preocupes"...
Un día me preguntó por mi situación sentimental. Le dije que había quedado viuda hacía dos meses. Que él estaba en Bariloche y que me habían avisado a través de un mensaje de texto. No lo pudo concebir. "Qué horror", exclamó. "No lo merecías"...
A partir de ese momento, comenzó a intentar acercamientos, y ante mi rotunda negativa empezó a ejercer una violencia primero verbal y luego física. Llegó a apuntarme con un facón diciendo que quería mi cuerpo o el de una amiga mía de veintisiete años. Él tenía sesenta y ocho.
Había averiguado que mis padres se llevaban treinta años de diferencia, así que, según él, mi madre no iba a poder decir nada.
Comencé a tenerle mucho temor.
Me obligaba a ir a terapia con el celular encendido. Manifestaba que el ladrón que yo tenía adelante, me cobraba para que yo hablase a las paredes, y que seguramente jamás me serviría de ayuda.
Por el contrario, él se ofrecía  a escucharme y a responderme. Sin cobrarme.
Nicolás escuchó lo que dijo. Por suerte lo escuchó...
En julio, cuando la situación ya era inmanejable, y por supuesto ninguno de mis colegas intervenía en mi defensa, me cerró una puerta encima gritando que se había terminado, que ya había jugado lo suficiente. Que era una inútil.
Para entonces, ya me había zamarreado de los puños o arrancado el teléfono de las manos mientras hablaba con los exportadores, y quitado la oficina que miraba al río por apenas un espacio sin luz ni ventilación al lado de la suya.
Me fui directo a ver a Nicolás. Creo que le avisé en el camino. Me dio un certificado por cinco días de licencia psiquiátrica por estrés laboral.
Tenía testigos de todo lo que ocurría, pero nadie arriesgaría su trabajo. Ni Olga. Que cuando se iniciaron los problemas, comenzó a alejarse de mí y a acercarse a él, mostrándose totalmente disponible.
Pude comprenderla. Tenía solo a su madre en este mundo. Había estado casada toda su vida y se había divorciado hacía poco. No tuvo hijos. Tenía mucho miedo de una vejez sola. Su trabajo era su motor, su vida.
Entre toda la gente que perdí en estos años, la perdí también a ella. Nos perdimos ambas...
Fueron doce años compartiendo ocho horas diarias, me había sabido acompañar en mis peores momentos. Eso no lo olvido.
Tuve mucho miedo de caer en un pozo nuevamente.
Nicolás había logrado bajar las dosis de los sedantes pero las había tenido que volver a incrementar.
La estadía de este señor sería de tres años. No iba a poder soportarlo. Ni él tampoco a mí, si no lograba lo que quería.
De todos modos me inclino a pensar que ya me odiaba con todas sus fuerzas.
Con la licencia que me había firmado Nicolás, y que luego volvió a extender, pasaba muchas horas en casa, aunque la embajada nunca mandase un control médico.
Aprendí, eso sí, a volver a estar sola en mi lugar y sin miedo. Uno de los problemas que más me había costado trascender.
El abismo que significaba entrar a mi casa, comenzó a reducirse. También el vacío.
Había vuelto a Montevideo en junio. Pasé un mes en el Hotel Espléndido que se convirtió en mi casa.
Con Álvaro las cosas no marchaban bien...
Yo viajé a buscar trabajo. Había conocido en Buenos Aires en la "Bienal Borges Kafka" al secretario cultural de allá, y pactado una futura charla.
Mis sentimientos por Álvaro estaban intactos, pero no podía comprender que no quisiese compartir más cosas juntos estando yo en su país.
Su escuela de cine quedaba a siete cuadras del hotel...
Tampoco había querido importunarlo instalándome en su casa. Ni siquiera se lo pedí. Él vivía la mayor parte del tiempo con su hijo, y después de todo, la idea de viajar e intentar trasladarme allá era mía, e iba mucho más allá de él. Siempre amé el paisito.
A partir de la Bienal habían surgido muchos contactos. Tenía grandes expectativas de poder lograrlo.
Abandonar mi casa de Palermo, donde durante el último tiempo había sufrido tanto, y mi trabajo al que por el concepto de seguridad mal aprendido había cuidado siempre ¿en pos de qué?, ¿de mi vida en Bariloche junto a Claudio por ejemplo?
La licencia otorgada por Nicolás fue de seis meses.
Resulta indescriptible y continúa siéndolo contar cómo fue regresar el día que culminó, y tuve que presentarme finalmente.
Era veintitrés de enero. Había pasado los cinco días anteriores en Uruguay, para no pensar en lo que se venía, pero fue imposible. Los nervios me doblegaban.
Mi cabeza ensayaba mentalmente, cómo sería volver a entrar, qué me diría  ¿Yo debería decirle algo?
Llegó el momento y lo afronté. Mis compañeros me recibieron muy bien. Él aún no había llegado. Al hacerlo, vino con dos integrantes de la sede, y se vio obligado a saludar.
Mi ingreso después de tanto meditarlo, había sido así:
-¿Limpieza, portería, a qué sector me derivó?
-Bueno, te puso en el escritorio de la entrada - dijo Luis apesadumbrado. Solo quiere que "aprendas a abrir la puerta y a responder al conmutador".
-Perfecto - respondí. -Lo aprenderé seguramente...
Nadie comprendía mi buen humor.
El sedante en gotas recetado por Nicolás para el día del regreso estaba funcionando magníficamente.
Pero yo estaba alerta. En algún momento me llamaría. En esos seis meses mi abogado le había mandado cartas documento enumerando todos los hechos, y acusándolo de mi estado de salud a causa del estrés vivido.
No me habló el primer día, ni el segundo. No me habló más.
Todas las reuniones de staff las hacía a puertas cerradas.
Solo comenzó a entrevistar chicas bilingüe cada día. Yo las recibía y las acompañaba al despacho de él.
Después salía y les preguntaba a mis compañeros: ¿Será mi sucesora?
-No, no pienses eso - me respondían intentando tranquilizar el ambiente. Está buscando promotoras.
Sin embargo, así fue. En cuatro días cumplía doce años de mi ingreso en el año noventa y nueve. Mi función había sido siempre la de asesorar a los exportadores, encargarme de la secretaría privada del dirigente, además de estar a cargo del vínculo con todos los hoteles de Buenos Aires y la actualización del sitio web.
Durante esos tres exactos meses, no pude cumplir con ninguna de mis tareas asignadas, así fue que me inventé qué hacer, durante ocho horas diarias. La meta sería un libro por día.
Había llegado el momento de leer todo lo comprado en la última Feria del libro, donde había quebrado una de mis tarjetas.
Empezaría por la colección completa de Cortázar, culminada esta, la sucedió la de Abelardo Castillo, hasta que un día recibí un llamado de mi amiga Luciana, quería verme esa misma tarde.

27 de enero de 2015

Encuentros, Borges (parte XXX)

Elegiríamos dieciséis poemas, y se agregó un décimo séptimo "Oda", escrito en 1966. El maestro y yo sabíamos porqué...
La editorial optó por la sala Casacuberta del Teatro San Martín y el anunciado recital poético fue bautizado "Jorge Salcedo en Borges - Buenos Aires". Tendría lugar el dieciséis de junio de 1974. 
Serían doce presentaciones, seis de ellas en junio, y las otras seis en agosto.
El maestro tuvo razón cuando al inicio de nuestros ensayos afirmó que el proyecto se demoraría...

Borges entró junto al público y charló cuarenta y nueve minutos sobre el tema "Buenos Aires".
Mi padre recitó con el acompañamiento en guitarra de Jorge Valcárcel.
El compilado de su obra Borges lo dedica a su madre, Leonor Acevedo. Y la antecede el siguiente prólogo:

Quiero dejar escrita una confesión, que a un tiempo será íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos. Estoy hablando de algo ya remoto y perdido, los días de mi santo, los más antiguos.
Yo recibía los regalos y yo pensaba que no era más que un chico y que no había hecho nada, absolutamente nada, para merecerlos. Desde entonces me has dado tantas cosas y son tantos los años y los recuerdos. Padre, Norah, los abuelos, tu memoria y en ella la memoria de los mayores _los patios, los esclavos, el aguatero, la carga de los húsares del Perú y el oprobio de Rosas_, tu prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos, las mañanas de Paso del Molino, de Ginebra y de Austin, las compartidas claridades y sombras, tu fresca ancianidad, tu amor a Dickens y a Eça de Queiroz, vos misma.
Aquí estamos hablando los dos, et tout le reste est littérature, como escribió con excelente literatura, Verlaine.

Nuestros encuentros en esos años devinieron rutina y ya no me parecía extraño frecuentar a mi padre con tanta asiduidad. Habíamos adquirido la suficiente confianza que no teníamos en nuestras citas del año setenta, como era lógico... y que se perdieron en el tiempo cuando con el maestro retrocedimos al año sesenta y seis.
También frecuentábamos mucho su casa como había sido mi sueño, con lo cual era corriente ver a mi madre y a mi abuela, con quien por supuesto ya habíamos coordinado desde hacía tiempo compartir todos los domingos la misa de la Iglesia del Socorro o algunas caminatas.
Yo continuaba reuniéndome con el Padre del Santísimo Sacramento. Me ayudo muchísimo. Sus charlas calmaron todos los nervios y la ansiedad del paso del tiempo y la llegada de mi nacimiento.
Como él me supo asegurar, sí podía haber una misma identidad en el mismo plano llevando adelante dos existencias distintas. Tenía una gran causa, y no lo había decidido yo, sino el destino. Solo me pedía rezase mucho. Temía por mi integridad. Siempre me auguraba fuerzas.
Borges, Fani y él, eran los únicos que conocían mi secreto.
Continué mi vínculo con María Gracia, se podía decir que ya éramos amigas.
Yo no había hecho más que seguir paso a paso los consejos del maestro.
A veces nos reuníamos a escribir, nos corregíamos los escritos y después de largas charlas, entendió que separarse del marido que le habían elegido los padres era la opción mejor. No se animaba a acercarse a mi papá, pero yo sabía que no faltaba mucho para que cobrase el coraje.
Lamentaba no poder contarle quién era de veras, aunque creo que me hubiera sabido entender.
Mi hermano iba creciendo a mi par. A la par de la beba que nació el catorce de octubre de 1970. A la par de mi hermano Jorge Hernán, que había nacido en el año setenta y tres, y a la par mía que tenía más años que su propia madre y la mía...
Con Jorgito nos adorábamos. Yo era la confesora de todas sus travesuras.
Un día le pedí a María Gracia que le dijera la verdad, o al menos comenzase a decírsela.
No estaba lejos de convencerla.
Yo entendía su miedo a inmiscuirse en la vida ya armada de mi padre, después de tantos años, pero intentaba que entendiese que su hijo debía ser su aliado, y no un ignorante de la verdad durante toda la vida. Lo debía dejar elegir a él.
Internamente sabía que no faltaba mucho para que lo hiciera.

24 de enero de 2015

La doble identidad (parte XIV)

No solo iba al taller literario de los sábados, al que pude regresar contrariamente a lo que pensaba después de aquella tarde donde la noticia de la muerte de Claudio llegó por escrito a través de un teléfono, justamente ahí.
También empecé un curso sobre Borges que me llenaba el alma. Estaba atrapada con la relectura de "El libro de arena". Había conseguido una primera edición en la feria de Tristán Narvaja.
Con Álvaro pactamos vernos en mayo. Parecía una eternidad. Me costaba mucho poder sobrellevarlo, pero elegimos esa fecha porque el veintitrés era su cumpleaños.
Casi por casualidad, o el destino lo quiso así, terminé viajando con Inés, una ex mujer de Claudio y el hijo de ellos Juampi. Fue un viaje de liberación. Nos perdonamos tantas cosas...
El que no supo entender la nueva relación fue Alejandro. Me decía que no comprendía cómo yo podía perdonar a alguien que nos había hecho tanto daño.
Álvaro filmó a Juampi en su escuela de cine, el nene decía que cuando fuera grande quería ser director. También nos filmó a nosotras.
Durante bastante tiempo estuvimos muy conectadas. Creo que nos hizo bien a las dos. Ambas continuábamos amándolo...
Fue ella quien tuvo que tirar la puerta abajo, cuando al llevarle la comida a Claudio, éste no respondió.
Me aseguró que en el lugar había paz y que Claudio me estaba esperando, le había contado que yo viajaría.
Alejandro me supo decir "los muertos que entierren a sus muertos". No te tenía que tocar esa función a vos.
Pactamos con ella, que el trece de junio, fecha del cumpleaños número cincuenta y uno de Claudio, yo viajaría a Bariloche, a despedirme también.
Fue muy mágico. Estuvimos los tres frente a su tumba. Juampi hablaba en voz alta con su papá y le contaba todo lo que había pasado desde su partida. Al culminar nos dijo a las dos: "dice que ya no volvamos, que se va a ir, que va a cruzar la puerta azul".
Para ese entonces, había ido también a Luján, a ver por segunda vez a María Gracia, y a visitar el cementerio.
Ella no se había atrevido a regresar.
Yo le dejé un recuerdo muy simbólico, que le devuelve su verdadera identidad.
No hacía más que cumplir con ciertos consejos que me había dado Nicolás: "enterrá a tus muertos", "no te avisaron en la fecha exacta, andá y despedite, cerrá las historias".
Y así lo hice. Con ambos.
Antes de regresar del Sur, pasé una semana en San Martín de los Andes. Ahí comencé a dormir siestas, hacía dos años que no lo lograba. Hasta conseguí un trabajo en "Turismo Aventura" por esos días y volví a sonreír.
Por otra parte, no tenía noticias de Álvaro. El tema me tenía mal, pero no me quitaba las ganas de continuar. No me arrepentía de ninguno de mis pasos.

22 de enero de 2015

Encuentros, Borges (parte XXIX)

Nos encontramos a la mañana temprano. El maestro tenía ganas de caminar, y yo de acompañarlo.
Estaba muy apesadumbrado con su matrimonio. Sabía de las buenas intenciones de su madre al decidirlo, pero no podía perdonarse no haber sido más fuerte. No haberse negado rotundamente.
-¿Usted volvería a casarse con quien se casó?, ¿qué edad tenía en ese entonces? - me preguntó.
-Veintidós años. Estaba muy enamorada. Fue toda una locura, lo decidimos en cuatro días...
Pero sufrí mucho, no fue una relación convencional, y a la vez fui muy feliz. Si no estaba al lado de él no vivía; sobrevivía...
Casarme fue entregarle mi vida, mi libertad, mis decisiones a cambio. Deje de ser persona.
-Es muy fuerte lo que cuenta.
-Fue así. Pero lo amé con toda mi alma hasta el día que murió, con solo cincuenta y un años. Tuvimos cinco separaciones y siempre regresábamos.
-¿Qué le ocurrió?
-Un infarto masivo. Se negó a hacerse un bypass. Era médico, pero no creía en la medicina invasiva.
-¿Por qué no tuvieron hijos?
-Porque no quise. Nuestra vida era un barco sin timón. No podía someter a una criatura a ese vaivén.
-Bien hecho entonces. Confío en su sabiduría.
-¿Volvió a enamorarse?
-Sí, en Montevideo. Pero yo quise más de lo que me quisieron a mí.
No he tenido suerte en el amor. Tal vez por eso me llegan tanto sus letras...
Cuando Claudio murió, yo estaba en un Taller Literario leyendo "la muerte ese otro mar, esa otra flecha, que nos libra del sol de la luna y del amor"...
Me avisaron por mensaje de texto. En el futuro habrá teléfonos portátiles y se podrán escribir mensajes.
-Qué imprudencia.
-Lo fue. En la calle pudo pasarme cualquier cosa, estaba en la esquina de Moldes y Congreso. Nunca en la vida había llorado tanto sin importarme los testigos...
-Quizás este tiempo que le regalan le permita cambiar algunas situaciones. ¿O lo volvería a elegir?
-No sabemos qué pasará. Tal vez dentro de tres años no nazca. Estamos haciendo todo lo posible para que mi padre regrese con María Gracia...
-No, para que reconozca a su hijo, y usted nacerá de todos modos. Si no ¿quién tocará a mi puerta de Maipú, en agosto de 2014?
-No sé, maestro. Usted en esa fecha ya habrá partido...
-¡Al fin! Uno se cansa de vivir, ¿eh? Quiero decir que no me gustaría vivir mucho. Yo más bien deseo la muerte...
Además, ya sabe por lo que le dijo su padre en aquel sueño, que todos compartimos el mismo plano, y que solo es cuestión de saber ver. ¿Lo recordaba? 
-Por supuesto.
-Quizás, espero que no, se trate de una sucesión interminable de porvenires...

20 de enero de 2015

La doble identidad (parte XIII)

Nicolás no estaba de acuerdo con el viaje. Una vez que opinó algo y con mucha certeza, me le opuse, estaba totalmente decidida. En los días previos estuve más nerviosa que jamás, pero lo logré atravesar: al río y al estado.
Veintidós meses más tarde de nuestro primer encuentro, viajé yo, acompañada por Olga, y me reencontré por fin con Álvaro.
Como me había anticipado Claudio, sería muy feliz a partir del primer día del otoño, y así fue. No sé si cuando me lo dijo intuía que él ya no estaría...
Nuestra estadía continuó en Punta del Este. Floté en el mar, respiré la sal, volví a sentirme viva.
De Montevideo regresé con un bolso lleno de libros. Lentamente iba superando mi dificultad con la lectura y sobre todo con la concentración.
Mis grandes amigos eran los bares, ahí era donde mejor me inspiraba para escribir.
Nunca dejó de ser mi favorito El Club de Tenis Del Tejar. 
Un día sorpresivamente, me enteré que Diego no trabajaba más. Aparentemente "no estaba bien", y había tenido problemas con algunos clientes. No me dijeron mucho más.
Llegué a la sesión enojada con mi destino.
¿Por qué una vez que aparecía un nuevo vínculo, se tenía que romper así, de imprevisto? No sabía cómo saber de él. Y nunca más supe.
Nuestra última charla había sido tan linda...

-Te noto mucho mejor.
-¡También! la última vez me agarraste mareadísima, bajada de ese 67 que me dejó dada vuelta, si hasta las ventanas me tuviste que abrir (Pero, ¿mejor que cuándo pensaba yo?)
-¿Y cómo van tus cosas?- agregó.
-Me cuesta mucho dar vuelta la página - le sinteticé.
-Es que sos muy sensible, vos. Todo el pasado, todo mezclado ¿mucha memoria, no?
(¿Y vos cómo sabés? me preguntaba yo.  ¿Por qué te hablé del viaje chamánico para el que no pasé la admisión?, ¿la astrología?, ¿la abulia laboral? Ah no, debe tener que ver con la liturgia que en un momento de tu vida también te acompañó. Esa que sabés, me cuesta tanto.
¿Y si mis novios se bancan tanta búsqueda, tanta espiritualidad?
Y que las horas ahí son muy iguales. Y que tus horas a veces no pasan más...)

Siempre me cuestioné como transitarán las horas por los lugares donde alguna vez estuve. Porque a veces nos creemos tan ombligo, que al lugar en cuestión, lo volvemos propio, como si después de nosotros nadie hubiese andado exactamente "ahí" después, tejiendo historia. Como si el tiempo de un modo u otro se hubiese detenido.
Claro, ahora la tarta artesanal de frambuesas la compartíamos charlando, y ya sabías de memoria que el cortado en jarrito debía ser mitad y mitad, y eso que ni siquiera te imaginás que es el entretiempo para el diván...
Claro, ahora sé que querrías trabajar en el mar o en México. Que las rutinas te anulan, que lo cibernético te aisla, y que el argentino está perdiendo el "cara a cara", "el psicólogo de bolsillo" que siempre fue. Que ahora te dejan por texto o se te declaran por email. Y crees estar cerca de alguien por un mensaje tipeado dos veces al mes y tal vez no te ves hace años.
Te terminé contando mi idea ya frustrada y no patentada, y tan indígena como artesanal. El próximo capítulo ya estaba fijado, y también el porqué para ambos fue tan fuerte.
Y siempre era un gusto y un gracias por la charla...

 
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