Y los días transcurrieron entre Moritz y las horas de escuela.
El asunto se complicó cuando, después de más de una década de encierro estipulado, la fecha final llegó. Sí, esa que intenté adivinar tantas veces; juegos de números y señales que me permitiesen anticipar cuando, el paréntesis casi interminable, concluiría.
Se trató también de darme cuenta que, como casi todo, nada es para siempre; y que cuando nos sentimos caer ante la rutina impuesta, sin embargo, la mayoría de las veces, hay un después.
Comprobar que para los lazos que creamos no hay respuestas conclusas, ni generaciones que lo impidan. Que alguien con quien conviviríamos a diario, desaparecía de nuestras vidas, sin que siquiera hubiésemos descubierto el por qué del encuentro y sí generado un vínculo. Nueva lección de desapego. Nuevos choques con más verdades, que llegan sin sigilo, sin máscara. A modo de impermanencia.
Las letras latinas, casi imposibles, que me retrotrajeron a un año 88 ya muy lejano, donde una hoguera a modo de ritual, convirtió en cenizas aquella tortuosa etapa. Y hoy, tanto después otro volver, y volver y ver que se podía. Primer insight del trayecto.
Y se podía también recordar lo que ya sabía, que lo francés, el francés y en especial sus músicas y sus libros, están en mi esencia. Y sentirme unida al cosmos entre papeles de Gallimard, y manuscritos de tantos que fueron tan míos desde siempre. Desde que aquella casualidad venturosa, a los seis años, hizo que protagonizase tanta vida.
Y pasear por un Petrarca enamorado de otra Beatrice, recorrer el infierno de la mano de Virgilio, cánticos y laudas, apologías, tesis, crítica y verdad, y entonces encontrarme en Barthes y pelear con Deleuze, y enamorarme de La Rochelle, y concluir siempre en que a él, nadie lo alcanzó, ni nadie tampoco lo superará. Y que ha sido causa de miles de razones.
Escribir instrucciones para el olvido, intentos proustianos de llegar al ilusionismo, devenir en un sueño ya contado, y que esta vez sí genere un ida y vuelta, una razón de haber sido.
Que Sócrates, Platón, Hegel, Pieper y Nusbaum, me convencieran en horas de que sí valía la pena. Y en medio de tanta rutina veloz, e ineludible, esa ventana; verte, verte de improviso y esconderme, verte y no arrepentirme de lo vivido. Y retomar el diálogo, y que algo se movilice aún. Y los silencios inexplicables, tácitos. Recorrer con vos lugares del ayer, hoy ya desvinculados del recuerdo; no vacilar ante el perdón...
Alejarme del tránsito y circular desvíos. Convencida de ser mi mejor compañía, la única; indefectiblemente incondicional y eterna. No sé si hay tantas señales de hacia donde vamos, sí creo saber de donde venimos.
Que ya sea un año sin nosotros. Saber que existís por los otros; ironía impertinente.

