13 de mayo de 2015

La doble identidad (parte XXXVI)

Era el año 2010. Mundial 2010. Decidí trasladarme un mes a Montevideo con el fin de testear el paisito: ver casas, posibles trabajos, concretar las citas. Desde marzo había sido una revolución, en lo afectivo y en lo laboral.
La primera noche decido inaugurarla en el Bacacay. Copa de vino blanco y sandwich tropical rebosado en provolone; un clásico. Fiorella me acompaña. De pronto lo veo. Dudo. Le consulto a ella que es montevideana. Suelo ser muy poco fisonomista. Sí, me afirma, es él, es Eduardo Galeano, y tuvo la vergüenza que yo no tuve, y que sí suelo tener... Me le acerqué. Irrumpí en su mesa., estaba con Helena y los hijos de ella. Nada me detuvo sin embargo, a él tampoco pareció molestarle.
Pronto habíamos entablado una fluida conversación sobre fútbol, le hice saber que mis favoritos eran los celestes, y no el equipo de mi país. Que Tabárez lo merecía más que Maradona. Recuerdo que me dijo que de todos modos ver perder a Argentina le rompería el corazón. Me sostuve en que no, en que ahora y bien merecido lo tenían, les tocaba a ellos. Un equipo tan solvente como unido. La charla no se interrumpía. Le conté que quería quedarme, me regaló un chanchito con una flor en la boca que me traería suerte. Lo dibujó debajo de la dedicatoria, en la primera página de Las venas abiertas de América Latina que corrí a comprar a La Lupa, no me importaba tenerlo dos veces. Según él no fallaba. Me haría cruzar el río y lograría que esa fuese de ahí en más mi orilla. Le conté que ya le estaba diciendo basta también a mi país, que había llegado a un límite. Me pregunto por qué. Le hice saber lo de la embajada, de los acosos, de los malos tratos. No sé si le conté de vos. No, creo que no. Sí le conté de la escuela de cine. Tenía dos tarjetas conmigo, la de Buenos Aires con los datos de la embajada, y la de Montevideo con los datos de la escuela de cineastas. Me aconsejó sutilmente manejarme con la primera...
En el cumpleaños de Mauricio no estaba. Esperaba verlo, pero sí estaba un amigo suyo. Me llevó hasta su casa, debía entregarle los bocetos de unas esculturas. Era en Malvín.
Supe que nunca condujo, que siempre eligió caminar, que va acumulando sensaciones, vivencias durante el día, que luego registra en unas diminutas libretitas en El Brasilero, y mientras estuvo cerrado, en el Bacacay. Yo misma le avisé que lo habían reabierto.

Desde que lo supe no estoy bien.
No, no quiero. No quiero que esté así. No quiero que le duela como dicen. Ni que olvide quién es y todo lo que nos dio...

1 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Me alegra volver a leerte.

Besos.

 
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